

Entre realidad y discurso: el aniversario del IMSS
Por Gabriela Mendizábal Bermúdez y Angélica Godínez García[1]
El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) fue fundado el 19 de enero de 1943, por decreto del entonces presidente Manuel Ávila Camacho y entró en funciones ese mismo año. El IMSS nació como una de las apuestas más visionarias del México posrevolucionario para garantizar el aseguramiento social de las y los trabajadores y construir un país más justo.
Hoy, a más de ocho décadas y con más de 77 millones de derechohabientes, la institución enfrenta desafíos profundos que no responden a la falta de voluntad de sus trabajadores, sino a limitaciones estructurales derivadas de décadas de administraciones “complejas”, recursos insuficientes y cambios demográficos y epidemiológicos que han transformado radicalmente las necesidades de la población.
En ese contexto, los esfuerzos de “fortalecimiento”, “digitalización” y “modernización” avanzan, pero no siempre a la velocidad que demanda una sociedad que envejece, que vive más años con enfermedades crónicas y que requiere servicios cada vez más especializados. Más que hablar de retrocesos, es necesario reconocer que el IMSS se sostiene en un entorno retador y que su resiliencia es, en sí misma, un indicador de su relevancia histórica y social.
Ejemplo de esto es el lastre que se repite cada año: falta de personal, hospitales saturados, precarización laboral interna, tiempos de espera indecorosos, pensiones insuficientes y una estructura financiera sostenida sobre un modelo laboral cambiante y que deja cada vez más sin protección a trabajadores como los repartidores, que, pese al programa piloto, solo el 10% han logrado beneficiarse del seguro social.

En la práctica, el IMSS opera como un sistema de emergencia permanente: reacciona, resiste y parcha, mientras el Estado presume cifras que no alcanzan a ocultar la erosión profunda del pacto social.
La verdadera realidad del IMSS se vive en las salas de urgencias donde la modernidad no llega. Médicos desgastados en turnos dobles, enfermeras con cargas de trabajo excesivas, derechohabientes durmiendo en pasillos, familiares haciendo colectas para comprar medicamentos que el instituto no puede suministrar. Esto no es casualidad: desde hace años, el IMSS opera con un déficit crónico de plazas y una presión financiera que se maquilla con eufemismos administrativos, pero eso si, se espera que resuelva todos los problemas de salud de la población mexicana, ya sea derechohabiente o ahora beneficiarios de la “rifa del tigre”: el IMSS oportunidades.
Las reformas a la Ley del Seguro Social se han fundado con base en las próximas elecciones y no para beneficiar a las próximas generaciones.
El instituto sigue siendo indispensable, quizá es de los pocos muros de contención frente al deterioro social y frente al clientelismo social, por lo que su aniversario debería ser una llamada de alerta, no un acto protocolario. Si el Estado no enfrenta el problema estructural de la informalidad laboral, si no fortalece financieramente al instituto y si no reconoce la seguridad social como derecho humano universal, cualquier intento de “modernización” será una simulación más.
El IMSS no necesita discursos: necesita voluntad política y recursos, es la base de la seguridad social para la vida de millones de mexicanos.
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Profesora Investigadora de Tiempo Completo de la FDyCS de la UAEM y Maestrante del Posgrado de Derecho de la FDyCS de la UAEM ↑

