

¿Qué es ser una mujer médica?
Angélica Mariel Martínez López*
Varias cosas vienen a mi cabeza con la pregunta, primero una idea de género femenino, la cual se inculca no solo en el diccionario, sino que aprendemos desde pequeñas a sentirnos identificadas con un vestido rosa y una muñeca.
Una profesión que atañe a aquel ser que decidió cuidar la salud de otro, bajo conocimientos científicos y que va adquiriendo experiencia a través de los intentos de recuperar la salud de las personas. Entonces, un ser de vestido rosa cuidando a otro después de estudiar sería con singular sinceridad un concepto básico.
Sin embargo, también podemos decir que es una utopía de valor agregado, si reunimos lo que significa ser mujer en la actualidad bajo muchos conceptos, no solo con conocimientos profesionales, si no con back de vida de ser femenino, no solo por un vestido sino por la historia de lucha de otras mujeres por alcanzar un lugar social de respeto y que busca alcanzar no solo la competencia sino con aspiración a ser visto como un ser capaz de ayudar a otro, no solo usando un vestido sino la cabeza.
Con la fragilidad infringida no solo en la fuerza física, sino psicosocial que había imperado y que ha ido siendo superada, no así la fuerza física que evidentemente no lograremos por simple naturaleza, esta fuerza nos proporcionó otras virtudes como la posibilidad de dar a la luz para ser madres.

Y así en un mundo cambiante, tecnológico, competitivo, la mujer, se ha ido adaptando al ritmo, a cooperar con su género a la vez que intercambia una parte de sí para darse a otros.
Hoy una mujer común es de todo menos común. Un día normal para una mujer médico, es despertar a bañarse y arreglarse ( embellecerse pues es mujer y requiere estar presentable), hacer el desayuno, dejar a los niños en la escuela, va con teléfono respondiendo a pacientes; y llega a otro lugar común a escuchar y poner toda su atención en un padecimiento poco claro para dar su mejor esfuerzo para recuperar la salud de su paciente enfrente, hace procedimientos quirúrgicos si es necesario, con una leída previa para revisar que todo esté bien con el expediente clínico, llenando historias clínicas, elaborando notas médicas e indicaciones, y apoyándose de otros clínicos para aportar la mejor solución a un padecimiento y otras cosas más.
Sale corriendo y si logra llegar a casa debe hacer tareas del hogar y de matemáticas, historia e inglés entre otras, mientras que coloca una lavadora, pero además preferentemente debe tomar un momento para actualizarse pues la medicina avanza de manera afortunada últimamente y porque no hacer un poco de ejercicio para estar saludable. Al llegar la noche con suerte no hay guardia pues debe volver a empezar.
Muy parecida a la realidad de la mujer trabajadora moderna con algunas variantes que incluyen la responsabilidad sobre otro ser humano y la necesidad de actualización constante y demandante de la población. Así, en un proceso de adaptación constante podría hoy describir un día común como un gran reto.
Después de todo esto, debo decirlo, aunque suena a sacrificio, no lo es. Es lo que diría yo, ser una mujer médica es hoy un privilegio.
Un privilegio ganado a pulso y que aspiramos a hacer perdurar en el tiempo para beneplácito de mujeres y hombres, todas y todos aquellos que requirieron una atención ayer y la requerirán mañana. Ahí estamos, desde que nació Matilde Montoya Lafragua en 1857 en México, la primera mujer médica egresada de la Escuela Nacional de Medicina en 1987, en honor a ella y cada mujer que ha logrado abrirse paso entre caballeros, no por un vestido rosa, sino por un don de servicio y el privilegio de cuidar de otros.

