

El mar oculto de Cuernavaca
Hay un mar bajo Cuernavaca. No se ve, pero su oleaje resuena a veces de madrugada, si sabes escuchar. Es un mar antiguo, oculto, que duerme bajo las plazas y las avenidas, bajo los flamboyanes y las bugambilias, bajo la cal de los muros coloniales. Su presencia es un rumor soterrado, un dolor en el subsuelo, una tristeza que sube por las raíces de los árboles y se instala en las cosas.
En el municipio de Tlaquiltenango, en la zona sur del estado, muy cerca de las faldas de la Sierra de Huautla, se realizó el hallazgo de un yacimiento de fósiles de ammonites (una especie de caracoles) de más de 90 millones de años de antigüedad. Este hallazgo revela que en el periodo Cretácico hubo vida marina en esta zona, antes de la caída del meteoro que acabó con los dinosaurios. También hay teorías y leyendas urbanas que sostienen que Cañón de Lobos lleva ese nombre no por los mamíferos sino porque en algún momento, en ese mar vivieron lobos marinos en las cañadas.
Así que este mar no es metafórico, es un mar fantasmagórico. Una presencia que nos hace falta sin saberlo. Un hueco que se manifiesta en este clima tropical. Cuernavaca, la ciudad de la eterna primavera, está llena de una melancolía que desmiente su nombre. Aquí la primavera es más una condena que una promesa. Las flores estallan en los jardines y en las barrancas, los pájaros entonan sus cantos rituales, la luz resbala dorada por los tejados, pero hay algo que no cuadra, una nota discordante en el aire perfumado de jacarandas. Es el mar. O su ausencia. O su insistencia. Es un mar que nunca llegó a ser, que quedó atrapado en la piedra volcánica y desde ahí nos mira, nos impregna con su sal fósil, con su nostalgia líquida.
Tal vez por eso aquí la tristeza es profunda y callada, como la de un mar sin olas. En la mitología griega, la primavera es el regreso de Perséfone, la hija secuestrada por Hades, la luz que vuelve después del rapto. Pero en Cuernavaca no hay tal redención. La primavera es solo un disfraz. Bajo sus colores vive la violencia. El narcotráfico y el feminicidio han convertido a la ciudad en un campo de batalla. Los cuerpos aparecen en las barrancas, los nombres se acumulan en los periódicos, la sangre se mezcla con el agua de las lluvias torrenciales. ¿Cómo puede una ciudad tan hermosa cargar con tanta muerte? Quizás porque la primavera, aquí, no es un retorno sino un simulacro. Un engaño. Un esplendor que no alcanza a disipar la sombra del mar hundido.
Cuernavaca es una contradicción: un paraíso habitado por espectros. Y ese mar, ese océano atrapado, es el verdadero dueño de la ciudad. Nos ha dado su tristeza, nos ha llenado de su duelo. Lo sentimos en la humedad de las noches, en el rumor de las fuentes, en la forma en que el viento, a veces, parece arrastrar la memoria de un oleaje perdido. Y en esa tristeza, aprendemos a sobrevivir.


Imagen geologyscience.com

