
María Helena González
1.
La muerte de Roger von Gunten (1933-2018) deja un vacío difícil de medir porque su presencia en el arte mexicano no fue estridente ni programática, sino silenciosa y profundamente coherente. Era uno de esos artistas cuya obra se instala con el tiempo, sin prisa, hasta volverse referente en la memoria visual de quienes revisasmos la historia del arte con cierta periodicidad. Quienes lo conocimos sabemos que su personalidad tenía algo de esa misma cualidad: una seriedad serena, casi tímida, que no era distancia sino concentración.
Hace poco más de veinte años lo invité a cenar a mi casa; recuerdo que lo recibí nerviosa, pensando que el encuentro previo a la cena formal sería una especie de examen sobre la llamada generación de la ruptura -que doña Teresa del Conde aclaraba que no era ni generación ni ruptura-. Llegó a la palapa ubicada en el jardín. Se sentó y me miró directamente. El examen fue en silencio, volteó a ver las pinturas colgadas -afortunadamente no eran reproducciones- y me miró esperando que yo rompiera el hielo. Lo hice pero sin aminorar la distancia. Era tan reservado que no pude luego preguntarle por su propio proceso creativo. No era falta de conversación, era más bien la sensación de que su verdadero idioma no era la charla social, sino la pintura.
Años después, durante mi gestión en la Dirección de Museos y Exposiciones de la Secretaría de Turismo y Cultura, lo visité varias veces en su estudio con motivo de la selección de obra para la muestra colectiva Grandes Maestros, inaugurada en el Centro Cultural Jardín Borda en 2018. Aquellas visitas revelaban otra dimensión suya: frente a sus cuadros hablaba con precisión, con frases cortas pero certeras, como quien sabe exactamente qué ocurre en cada centímetro de la superficie pictórica. Su estudio era un territorio poblado de jardines imaginarios, criaturas híbridas, animales simbólicos y paisajes mentales donde la naturaleza parecía reinventarse a sí misma. Cuernavaca -su luz, su vegetación, su ritmo- habitaba discretamente en esa iconografía, no como paisaje descriptivo, sino como atmósfera interior. Y aquí voy a decir una cosa que tal vez no debería, pero así me sucedía a veces: mi memoria visual lo hermanaba con Vicente Gandía porque ambos empleaban los verdes y los azules de Cuernavaca, los de los jardines, los de la “eterna primavera”.
2.

La inclusión de von Gunten en aquella exposición respondía a un criterio curatorial muy claro: la fortuna crítica. No se trataba únicamente de trayectoria o prestigio institucional, sino del peso que su obra había adquirido en la mirada sostenida de críticos, historiadores y museos a lo largo de décadas. Su pintura no necesitaba proclamarse innovadora; lo era por persistencia, por fidelidad a un lenguaje propio que se mantuvo ajeno a modas y tendencias pasajeras. Mientras otros artistas buscaban rupturas visibles, él practicó una revolución silenciosa: la de sostener una poética personal hasta convertirla en mundo. Una voluntad que compartió con otros artistas de su momento: abstracciones que en México aún no se sabían apreciar; erotismos incómodos; emocionalidades grises.
Hoy podemos afirmar que técnicamente, su trabajo tiene rasgos inconfundibles. Utiliza lavados para construir los fondos, capas fluidas que a veces parecen técnicas al agua más que óleo, o acrílico tradicional. Esas transparencias dan a la superficie una vibración particular, como si la imagen emergiera de una atmósfera líquida. Sobre esos campos cromáticos aparecen figuras que pueden parecer infantiles -en el sentido más alto del término: libres, directas, no domesticadas por el cálculo- y que sin embargo revelan una sofisticación compositiva notable. Había en su pintura un equilibrio raro entre ingenuidad y rigor, entre juego y arquitectura visual. Estas características aplican también cuando su obra aborda lo erótico y la relación de pareja.
3.
Un día me regaló un perico, es un grabado pequeño. A primera vista no pretende ser ilustrativo; es como un signo, es la idea visual de un perico, destilada hasta su esencia. Y en esa síntesis -tan ligera en apariencia, tan precisa en su construcción- se revela la maestría de un artista que sabía que sugerir puede ser más potente que describir.
Raquel Tibol solía defender la idea de la pintura-pintura, esa preocupación por la esencia misma del acto pictórico más allá de narrativas externas o discursos de coyuntura. Von Gunten pertenecía a esa estirpe. Le importaba la pintura en sí: el color, la materia, la superficie, el ritmo interno del cuadro. No buscaba ilustrar ideas; buscaba que la pintura pensara por sí misma.
En Grandes Maestros, su obra dialogaba con la de otros artistas que habían hecho escuela en Morelos, pero en su caso resultaba evidente por qué su nombre debía figurar entre ellos. Su trayectoria, iniciada tras su llegada a México en 1957 y consolidada a lo largo de más de seis décadas, había construido un territorio visual inconfundible. Había algo en sus cuadros -una claridad poética difícil de nombrar- que hacía que incluso lo fantástico pareciera familiar.
Hoy, al pensar en su partida, vuelvo a esa cena de hace veinte años y a ese estudio lleno de criaturas silenciosas. Roger von Gunten hablaba poco, pero pintaba como quien sostiene una conversación larguísima con el mundo. Y esa conversación, afortunadamente, sigue abierta en cada uno de sus cuadros.
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