Segura que usted como yo, se ha preguntado; en qué momento se instaló con tanta fuerza esa gran mentira repetida hasta el cansancio: las feministas odian a los hombres. ¿Quién dijo eso? ¿Cuándo se volvió sentido común? ¿Quién gana cuando esa idea se repite una y otra vez como si fuera una verdad evidente? 

Porque basta mirar un poco más allá de la consigna fácil para que la realidad nos golpee de frente. Las estadísticas, los informes, las denuncias, los testimonios cotidianos dicen otra cosa. La vida diaria también. No es el feminismo el que produce violencia contra los hombres. No son las mujeres organizadas quienes drogan a sus amigos para tener sexo con ellos. No son los feminismos quienes acosan en las calles, quienes violan, quienes asesinan dentro y fuera de los hogares, no somos las feministas quienes protegemos a los violentadores con frases “para qué sale así vestida, ella se lo busco” no somos parte de esa cofradía masculina protectora de agresores y feminicidas. 

Entonces la pregunta vuelve, insistente: ¿de dónde sale esa narrativa que insiste en decir que el problema es el feminismo? Tal vez porque el feminismo incomoda. Porque nombra lo que durante siglos se consideró normal. Porque pone en crisis un orden colonial, patriarcal y capitalista que organizó el mundo a partir de jerarquías de género, de raza y de poder. Y quizá por eso hay quienes prefieren caricaturizarlo. Decir que “odia a los hombres”, reducirlo a una exageración, a una amenaza, a una guerra imaginaria. Porque reconocer lo que los feminismos denuncian implicaría aceptar que la violencia contra las mujeres no es un accidente ni una excepción, sino parte de una estructura histórica y un régimen de violencia y crueldad actual. 

Pero mientras se insiste en ese fantasma del “feminismo que odia”, en el mundo ocurre algo a lo que di deberían de tenerle pavor, aquellos grupos que ocupan su energía en señalar como enemigas a las enemigas, y no al crimen organizado, la precarización salarial, la crueldad, el capitalismo voraz y de rapiña de cuerpos y territorios, el regreso abierto y sin pudor de proyectos políticos profundamente reaccionarios. Hombres que odian no solo a las mujeres sino a toda la sociedad que protestaron cuidar y proteger. Ahí está Javier Milei en Argentina desmantelando políticas públicas para las mujeres y negando la violencia de género, está Nayib Bukele consolidando modelos autoritarios que concentran el poder y por supuesto el rey del genocidio y la pederastia instaurada nuevamente Donald Trump marcando la agenda de una derecha global que ha hecho del odio, el racismo y el antifeminismo una estrategia política. 

Y junto a ellos, una constelación de liderazgos y grupos que se reúnen, se articulan y comparten un mismo horizonte: desmontar derechos, debilitar las democracias y reinstalar viejas jerarquías. 

A eso sí habría que temerle. A los proyectos que buscan devolvernos a un mundo donde el cuerpo de las mujeres vuelve a ser territorio de control, donde los derechos se vuelven concesiones y donde la violencia vuelve a justificarse como orden. 

Los feminismos no son una amenaza, es una práctica política que cuestiona las formas en que el poder se ha organizado sobre nuestros cuerpos y nuestras existencias. Es una grieta en la normalidad de la violencia. 

Por eso urge ser feminista como sociedad. Urge que usted también lo sea. Hacer juntos y juntas un mundo donde la dignidad no sea un privilegio, donde la libertad no sea selectiva y donde ninguna persona tenga que vivir con miedo. 

Sin embargo —y tristemente— frente a cada avance feminista hay quienes aún se oponen. Tal vez porque desconocen realmente de qué van los feminismos. O quizá porque temen perder los privilegios que durante siglos les fueron otorgados. 

No lo sé. Pero siempre me queda la misma pregunta atravesada en la boca, persistente como la lluvia que anuncia tormenta: si el feminismo sólo exige que nadie sea violentado por su género… ¿por qué habría alguien de temerle tanto? 

Foto: Antonio_Cansino / pixabay.com
Denisse B. Castañeda