

El próximo año, El Colegio de Morelos (Colmor) cumplirá su primera década de existencia. Estamos justo en un momento en el que la institución puede afianzarse para cumplir con lo que estipula su Ley Orgánica (algunos puntos no se han logrado, como “la consolidación de un claustro de investigadores con reconocimiento en la comunidad científica, social y humanística”) o, por otro lado, continuar con la senda poco trascendente de los últimos años. Yo, como parte de la comunidad del Colegio, deseo que sigamos el primer camino.
Como quedó documentado en este periódico, la institución vivió momentos muy complicados hace apenas unos meses. Hoy en día hay una nueva administración y, a mi parecer, algunos de los cambios hasta ahora son positivos. El nuevo rector parece ser una persona centrada y sencilla, muy diferente a lo que se vivía anteriormente; además, me da la impresión de que él sí tiene interés por que la ciencia esté en el centro de las labores que se realizan en el Colmor, lo cual también contrasta con lo vivido hasta no hace mucho.
Ninguna institución puede sacarles el máximo provecho a sus recursos si no hace un diagnóstico adecuado de dónde se viene. En ese sentido, hay aspectos que, desde mi perspectiva, es conveniente que no vuelvan a suceder. Cito un ejemplo que encuentro especialmente ilustrativo: hay personal académico que no ha recibido un peso de aumento salarial en un lustro completo y, al mismo tiempo, el anterior rector —según se documentó desde La Jornada Morelos— se acrecentó el sueldo entre 40 y 50 por ciento en sólo un año.
Pareciera que la nueva rectoría tiene la intención de recuperar la historia del Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos (CIDHEM) como antecedente y plataforma hacia lo que viene. No puedo estar más de acuerdo con ello. El retroceso en el cambio del CIDHEM al Colmor es notorio, justo lo contrario a lo que se dijo que sucedería.
Podríamos hacer un análisis riguroso sobre las razones de tal retroceso (yo creo que tiene mucho que ver con el rectorado de Juan de Dios González Ibarra, el cual, me parece, no tuvo un rumbo académico claro y sí prácticas autoritarias); sin embargo, no es eso lo que me interesa destacar por el momento. Lo que deseo apuntar son ideas que, personalmente, encuentro benéficas para revertir la situación.
En primer lugar, la claridad y la transparencia son más que importantes. Es imprescindible que, por ejemplo, se tenga claro cómo se evalúa el desempeño del personal académico de la institución, con sus consecuentes repercusiones en nuestra relación con el colegio. Hasta ahora, son muy pocas las y los académicos que cuentan con derechos laborales básicos; hay dos casos que ingresaron por concurso de oposición, ya tienen más de 5 años laborando (sin ningún aumento salarial desde su entrada) y no se les ha dado el derecho a concursar por la titularidad.

En muchas otras instituciones, esto sería escandaloso e inaceptable. El colegio se encuentra en proceso de cambios y aún estamos por ver cómo se combatirá el tema de la rotación de personal. Desde mi perspectiva, sería un muy buen mensaje que se inicie regularizando la situación de esos dos casos. En primer lugar, por justicia; en segundo, como una motivación para el resto que muestre lo que podríamos obtener si tenemos compromiso institucional, una real y firme dedicación a la investigación, así como un buen desempeño docente.
Cuando una o un docente-investigador realmente comprometido encuentra un espacio laboral con condiciones dignas, entendiblemente lo toma. ¿Quién pierde con ello? La institución (que baja sus índices de productividad) y, sobre todo, las y los estudiantes. Cada vez es menos común, pero ha llegado a suceder que una misma clase tiene que ser impartida por tres profesoras o profesores diferentes. Algo inaceptable desde cualquier ángulo preocupado por la calidad y el prestigio institucional.
Creo que también es importante establecer parámetros de medición claros sobre el desempeño de nuestras labores de investigación y docencia, así como instaurar repercusiones en nuestra relación laboral con el colegio según ese desempeño. Es verdad que hay que tratar con mucho cuidado el tema de la medición del desempeño académico, desde muchos y muy variados ángulos; por eso mismo no es mala idea que se nos involucre en ese y otros procesos (actualmente, las y los académicos tenemos muy poca participación en los organismos de decisión internos).
No estoy diciendo que nosotros definamos por completo esos procesos; lo que digo es que sería adecuado que tengamos alguna participación. Ese tipo de cosas son las que yo me imagino cuando la nueva administración estatal llama a construir un Morelos basado en “Compromiso Institucional, Servicio Social Solidario, Prudencia, Humildad, Lealtad, Integridad, Mesura, Mandar Obedeciendo, No Discriminación y Amor a la Naturaleza”.
En ese sentido, lo ideal sería que los cambios que se están realizando sean conversados y consensuados entre toda la comunidad del Colmor. Me parece que una de las tareas más urgentes es la construcción de una cultura institucional donde se pueda decir lo que se piensa sin miedo a represalias. El objetivo final debería ser la creación de mecanismos para que la toma de decisiones sea más deliberativa e incluya a toda la comunidad del colegio. Tratando de ser autocrítico, es verdad que, al interior de la institución, eso nos demanda actuar con madurez para dialogar y llegar a consensos.
Estoy convencido de que una parte del personal (tanto académico, como manual y administrativo) tiene los conocimientos y la experiencia necesaria para construir El Colegio de Morelos que todas y todos merecemos. Es el momento ideal para trabajar en equipo, con compromiso y humildad, para hacer realidad una institución más fuerte, transparente y, lo más importante de todo, comprometida con su misión de contribuir positivamente en la sociedad morelense.
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Profesor de Tiempo Completo en El Colegio de Morelos. Doctor en Estudios del Desarrollo por el Instituto Mora. ↑

