¡Que llueva… que llueva!

 

El patio de mi casa se inundó por completo. Es un patio chiquito, es particular y se barre y se riega como los demás. El agua empezó a transminarse y de diversos agujeritos la tierra hacía brotar más agua de las lluvias que el “apancle” conducía con muchos trabajos. Los chorros ahogaban el apancle y éste, con pujidos y cansados rumores, rezongando, trataba de llevárselos al campo.

Llovía…y llovía… primero, como una lluviecita fina y pertinaz, una lluviecita “moja pendejos” de esos que dicen: “vámonos, al cabo que no llueve”. Y llegan empapados.

Afuera, la calle se había convertido en un río. El agua se desbordaba como la divertida risa de los niños. Agua sucia, lodosa, salida del apancle, llena de aceite y grasa, agua con que se lavan las máquinas, las herramientas, las tuercas y tornillos que fueron y seguirán siendo utilizados. Agua llena de lodo, llena de barro… Agua pura y cristalina, pasto de ranas y sapos, donde se lavan los trapos y los trastos de cocina…

Mi chata, cuando yo muera, haga de mi barro un jarro. Si tiene sed, en él beba, si en los labios se le pega, son los besos de su charro.

Ya. Hemos perdido la mañana entera de este día prometedor de descansos y recreos. Mi patio sigue anegado. Tiene cuatro mangos, un aguacate, un mandarino, un limón, una limonaria, un guayabo y un guaje… para que no se hagan. Todos se muestran felices. Las lluvias les han lavado sus hojitas que, limpias y verdes, acurrucan gotitas cristalinas esperando al sol para que se las haga brillar pintándoles los colores del iris.

En la calle, la corriente de agua empieza a amainar, pero aún tiene fuerza como para arrastrar una muñeca de plástico que, muy a su pesar, viaja con rumbo desconocido. Lleva los ojos muy abiertos y levanta sus bracitos pidiéndome auxilio. Impávido, yo la miro pasar pensando en la alegría que causó a aquella dueña niña en un día de reyes… o de cumpleaños. Niña ingrata, dueña injusta que premia esas alegrías lanzando al arroyo a su muñeca…

Escampó. Por fin. Ya las señoras comienzan el trabajo de reorganizar sus casas. Un grupo de hombres regresa de hacer talacha procurando desazolvar el apancle. Están todos mugrosos pero felices y contentos. Les han preparado una botana acompañada de un Tequila “para que no nos vaya a hacer daño la mojada”. El sol está en todo su esplendor. Ya ilumina hasta el último rincón de este patiecito bendiciendo la tierra húmeda, fresca y olorosa, como recién salida de un baño.

Aquí, en un rincón del patio, la limonaria presume sus azahares. Pródiga y generosa desparrama algunos y nos brinda aromas.

Allá, no tan lejos, tras los cerros, algunas nubes traviesas juegan a las escondidas…

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Permítaseme ahora, desde la Col. Lázaro Cárdenas de Zacatepec, agradecer a nombre de mis vecinos a quienes de buena voluntad ofrecieron y trajeron su ayuda: alimentos, café, pan y levantaron muebles que estaban mojándose. También trajeron colchones para la gente que perdió muchas cosas. Vinieron, la Lic. Keila Figueroa, responsable del Fideicomiso de Teques; la Ing. Yenderina Herrera, regidora; personal que portaba una playera con el nombre del dip. Alfonso para que no hubiera duda. También la Guardia Nacional, CONAGUA, Protección Civil y J. Luis Maya, Pdte. del Ayuntamiento de Zacatepec, que se puso sus botas y se tomó la foto.

Esto que nos ocurrió no fue nada. Lo ocurrido en Veracruz, Hidalgo, Puebla, San Luis Potosí y Querétaro sí que fue muy impactante. La solidaridad tiene que dejarse ver y sentir antes que las ácidas frases de la oposición que ve siempre oportunidad de vomitar sus amarguras. Parientes y amigos de Veracruz y Puebla nos han informado de la gravedad de la situación. Algunos de nuestros municipios morelenses, en la medida de sus posibilidades, están organizando acopio de víveres, enseres y lo que sea necesario. Qué bueno.

Un hombre parado en la calle

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Inundación en Zacatepec. Foto Cortesía / Archivo La Jornada Morelos

Hugo Carbajal Aguilar