Cursaba cuarto de primaria en una escuela de paga modesta. Mis padres no podían ofrecer más en aquel entonces. Éramos tres bocas que alimentar: la mía y la de mis dos hermanos. Aun así, nos arropaban con cuidados, vertiendo su vida y su tiempo en nosotros con una entrega silenciosa. Desde entonces —aunque aún no lo sabíamos— nos dotaban de privilegios invisibles, aquellos que solo se revelan con los años.

Uno de esos privilegios, para mí, fue asistir a una escuela privada. ¿Valía la pena? ¿Hubiera sido distinto en una pública?

A la distancia del tiempo, pienso que todo dependía de la suerte. Sí, de eso tan frágil y caprichoso: la suerte del maestro que te tocara. Podías encontrarte con alguien que te abriera caminos, o con alguien que aplastara tus sueños con la suela de su autoridad. A esa edad, uno es apenas un pedazo de papel en el viento: si tienes suerte, alguien te recoge con ternura y te lleva intacto al otro lado de la calle; si no, otro te arruga y te lanza en medio de la calle, sin mirar atrás.

Un miércoles cualquiera, en la clase de educación física, llegó un nuevo maestro. La directora lo presentó con la solemnidad de quien entrega una tropa al mando de un general.

—Lo dejo, maestro —dijo, y se marchó.

Él tenía porte militar y bigote a la Zapata. Nos ordenó formar una fila horizontal en medio de la cancha, como si preparara un pelotón para la guerra. El sol del mediodía nos hería el rostro mientras nos alineábamos en silencio. Cruzó los brazos, caminó de un extremo al otro y comenzó a hablar, o más bien, a dictar sentencias:

—En mi clase no tolero la desobediencia.
—Aquí se hace lo que yo digo.
—No es recreo.
—No es juego.
— ¿Entendido?

La orden siguiente fue clara: tenis puestos, pants y playera deportiva. Cinco minutos para volver, y todos obedecimos. Todos, menos uno: Sánchez.

Sánchez nunca se quitaba la chamarra. Era parte de él, como si le perteneciera más que su propio nombre. Sabíamos —sin que nadie lo dijera— que la usaba para ocultar una pequeña malformación en su mano izquierda. Le avergonzaba. Y nosotros, que a veces sabíamos ser crueles, lo respetábamos. Era una de esas cosas que se aceptan con el silencio: él cubría su mano, y nosotros mirábamos hacia otro lado.

Cuando el maestro lo vio con la chamarra puesta, lo encaró:

— ¿Y tú? ¿Por qué traes chamarra?

Sánchez bajó la mirada.

—Tengo frío —dijo, con voz apenas audible.

— ¿Con este sol? ¿Estás loco? ¡Quítatela! ¿O es que no entendiste? No tolero la desobediencia.

El aire se tensó. Sánchez no se movió.

—Te la vas a quitar ya, porque nos estás haciendo perder el tiempo.

— ¡No quiero! —respondió él, con una voz que temblaba de valor.

— ¿Ah, no quieres? Pues te la voy a quitar yo mismo.

Avanzó hacia él con paso firme. Todos observábamos con un nudo en el pecho. Todos, menos uno: Julio.

Julio era mi mejor amigo, pero más que eso, era un líder natural. Antes de que el maestro pudiera tocar a Sánchez, Julio intervino. Le tomó el brazo al profesor y dijo, con calma desafiante:

—Déjelo en paz. Si él no quiere, ¿qué importa?

— ¿Tú qué te metes?

—Me meto porque quiero.

La tensión se volvió hacia él. El maestro, desbordado de ira, lo tomó del brazo y lo llevó a la dirección. Sánchez quedó libre. Y nosotros, al fin, pudimos volver a respirar.

No sé mucho de la vida, pero aquella escena se grabó en mí como una enseñanza profunda. Desde entonces, solo aspiro a ser alguien tan grande como Julio. Tener el valor de defender al que no puede, incluso si eso significa arriesgarse, incluso si eso cuesta.

Hoy, cuando el mundo parece girar al borde del abismo, y las guerras se adivinan detrás de cada frontera, solo tengo una súplica: si el conflicto estalla, que Julio sea mi general.

Lo digo con todo el corazón.

Julio me parecía hecho del mismo material de los hombres que saltan sobre una granada para salvar a sus compañeros. Un alma forjada en la lealtad y el coraje, de esas que no abundan. Que él nos guiara. Que fuera ejemplo de todos.

¿No son esos los personajes que más admiramos? Aquellos que anteponen al otro, que se colocan un escalón por debajo para que alguien más pueda levantarse. La lealtad es una forma de amor. La más elevada. La que se expresa en el sacrificio.

Ese es el cimiento de la fe cristiana: el sacrificio por el rescate del otro. Por eso me duele tanto ver cómo en Estados Unidos, ciertos sectores de la derecha enarbolan la cruz como estandarte, pero olvidaron el sacrificio en el camino. La cruz, sin amor, es solo madera.

Mi amigo Kogsni tiene escrito en el bombo de su batería: Protect the innocent, fight for the voiceless —protege a los inocentes, lucha por los que no tienen voz.

No sé mucho de la vida, pero si mañana estallara la guerra, solo pediría una cosa: que Julio fuera mi general, y que me dejara pelear a su lado.

Andrés Uribe Carvajal