
¿Un error humano o chivo expiatorio?
José Antonio Gómez Espinoza
La antropología nos explica que las sociedades en tensión buscan un “chivo expiatorio” para restaurar el orden o cerrar heridas emocionales, aunque esto signifique simplificar causas complejas. En el siglo XIV, por ejemplo, se acusó a brujas de provocar epidemias que diezmaron poblaciones, en un intento por explicar lo inexplicable y restablecer el equilibrio social. Esto da pie a la siguiente reflexión.
El 28 de diciembre de 2025, un tren del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec se descarriló, provocando un saldo fatal de 14 personas muertas y casi un centenar de heridos. Se trató de uno de los accidentes más graves en la esfera ferroviaria en México en años recientes.
Hace unos días, la Fiscalía General de la República (FGR) dictaminó que el accidente fue consecuencia del exceso de velocidad, basándose en el análisis de la llamada “caja negra” del tren y en inspecciones técnicas que, según el organismo, descartaron fallas en frenos, trenes o en la estructura de vías.
Según el informe oficial, el tren circulaba a 65 km/h en una curva donde el límite era de 50 km/h. Con base en esos datos, se iniciaron procedimientos penales contra el operador del tren y un despachador, por delitos de homicidio culposo y lesiones.

Estos hechos han abierto muchas preguntas. ¿Es suficiente apuntar al error humano como causa exclusiva de una tragedia tan compleja? ¿Se han considerado todos los factores técnicos, los institucionales y los estructurales antes de judicializar al operador?
Es importante subrayar que el discurso del gobierno sostuvo a priori que no hubo fallas técnicas en la vía ni en el tren que contribuyeran al accidente. A este discurso se sumaron hasta los doctos legisladores del partido en el poder, defendiendo la calidad del proyecto ferroviario y descartando posibles fallas en el diseño o infraestructura.
Sin embargo, ante el discurso oficial ya hay cuestionamientos legales y técnicos. Grupos de víctimas y abogados han interpuesto denuncias no solo contra operadores, sino también contra constructoras y responsables de la obra, alegando posibles deficiencias en la supervisión, diseño o calidad de los materiales empleados en el tren y su infraestructura.
La velocidad en sí misma, si bien es un factor en cualquier accidente ferroviario, no opera en el vacío. Los protocolos de ingeniería ferroviaria, las condiciones de la vía, los sistemas automáticos de control de velocidad, la capacitación y certificación de operadores, las licencias vigentes, la calidad del mantenimiento y los sistemas de seguridad, entre otros, son variables que deben analizarse con rigor.
Por otro lado, la decisión de suspender indefinidamente el servicio del tren interoceánico nos lleva a pensar que hay una auténtica preocupación sobre la seguridad general del sistema, que va más allá de un error humano. Si tuvieran la seguridad de que solo fue una falla humana, esta medida no tendría sentido.
Informes periodísticos señalan que los operadores involucrados no contaban con licencias vigentes, un dato que, de confirmarse, refleja lagunas institucionales en la supervisión de la operación. Estos datos nos obligan a ver más allá de una “culpa personal” y a examinar si existen fallas de supervisión, formación o regulación que se debieron prever como parte del protocolo para que un tren circule.
La investigación de un accidente de esta magnitud no se agota con los datos de una caja negra; es necesario el dictamen de expertos independientes sobre las condiciones de infraestructura, procedimientos operativos, protocolos regulatorios y el histórico de mantenimiento del sistema ferroviario. El chivo expiatorio no calma las inquietudes de la sociedad. ¿Usted qué piensa?

