CRISIS EN VENEZUELA, ENTRE EL RUIDO Y EL CRITERIO.

 

La crisis en torno a Venezuela, detonada por la captura de Nicolás Maduro, ha generado una sacudida diplomática en América Latina, así como una avalancha de información, desinformación, opiniones apresuradas y posicionamientos emocionales que, lejos de aclarar, confunden. En medio de este ruido, el ciudadano común queda atrapado entre versiones contradictorias, lecturas ideologizadas y análisis exprés que se multiplican en redes y medios.

Ante este exceso de información sin estructura, un instrumento que puede ayudarnos a comprender lo que ocurre es la llamada teoría del caos, como una herramienta para organizar el ruido de información y construir un criterio.

La teoría del caos, explica que el desorden no es ausencia de reglas, sino complejidad extrema; sistemas con múltiples variables, altamente sensibles a pequeñas variaciones iniciales, producen efectos desproporcionados e impredecibles. Algo muy parecido a lo que hoy ocurre en la política y la comunicación global y regional; un acontecimiento puntual, una captura, un pronunciamiento, una filtración, puede detonar consecuencias regionales, económicas y simbólicas que rebasan con mucho el hecho original.

En la teoría del caos, es importante la primera versión. En el caso de Venezuela, las narrativas iniciales que hablan de liberación, intervención ilegal, advertencia geopolítica, golpe imperial, actúan como marcos que condicionan toda interpretación. Aunque estas narrativas con frecuencia responden a intereses, emociones o alineamientos previos, y el debate se polariza antes de comprenderse.

Un segundo elemento clave de la teoría del caos, son los atractores. Los atractores, son emociones poderosas que organizan el discurso: soberanía, miedo, seguridad, antiimperialismo, orden.

En el caso de México, chocan frontalmente algunos atractores. Por un lado, la defensa del principio de no intervención y su congruencia; la presidenta Claudia defiende la autodeterminación de los pueblos. Sin embargo, la congruencia del discurso es poco consistente y se aplica a discrecionalidad. Y es que, los principios éticos no operan en el vacío, sino en contextos de poder.

Un segundo atractor es la defensa de la soberanía versus la cooperación en el caso de una posible participación de Estados Unidos contra el narcotráfico en nuestro territorio; no intervenir no significa avalar abusos; cooperar no implica someterse. Un tercer atractor es la presión real de un entorno regional inestable y una relación asimétrica con los Estados Unidos.

El verdadero debate no es si México proclama la Doctrina Estrada y la defensa de la soberanía, sino, si estos discursos logran convertirse en una estrategia consistente frente a un mundo donde la fuerza parece normalizarse como método.

Otro elemento valioso en la teoría del caos es la identificación de bifurcaciones, que son puntos de quiebre donde escalan los conflictos, se legitiman precedentes peligrosos y se erosionan principios.

Algunos dirán: “Yo no decido”. Es cierto. Pero en sistemas caóticos, las microdecisiones importan. Lo que compartimos, lo que justificamos, lo que normalizamos, lo que dejamos pasar es importante. Tomar posición es decidir que no estamos dispuestos a aceptar la mentira o la violencia como normal.

En este contexto, construir un criterio implica asumir reglas mínimas de lectura, tales como distinguir hechos de interpretaciones, preguntarse quién gana con cada narrativa, contrastar fuentes y desconfiar de la indignación instantánea.

Las democracias no solo colapsan por golpes visibles, sino por fatiga moral, lo cual ocurre cuando el ciudadano se cansa de pensar y renuncia a su criterio. En tiempos de tormenta informativa, pensar con rigor y asumir un criterio, es resistir el caos.

José Antonio Gómez Espinoza