

Año nuevo o el arte de comenzar de nuevo
El inicio de año, no es solo un ajuste del calendario; tiene un significado profundo: la confirmación de que hemos completado una vuelta más alrededor del sol y seguimos habitando el tiempo. Desde que el ser humano tomó conciencia de los ciclos celestes, comprendió que medir el tiempo no era solo una necesidad práctica, sino un acto simbólico.
La tradición de celebrar el inicio y el final de un ciclo anual tiene como símbolo la oportunidad de dialogar con la incertidumbre y de afirmarnos frente a la temporalidad y la fragilidad de la existencia humana.
Los toltecas no concebían el tiempo como una flecha que avanza hacia un final. Los abuelos de los abuelos no tenían una idea escatológica del principio y el fin como destino último de la historia. Su tiempo era cíclico, y cada ciclo era una nueva oportunidad de renacer, corregir y mejorar. El universo no camina hacia su extinción, sino hacia su constante regeneración.
Los ancestros de México celebraban el cierre de un ciclo del tiempo, con ayunos, silencios, ofrendas y rituales de purificación; el fuego viejo se apagaba para dar paso al fuego nuevo. Para iniciar un nuevo tiempo era necesario soltar lo que se había degradado, restaurar el equilibrio y asumir responsabilidad frente a la comunidad y la naturaleza.
La “vuelta del sol”, en la cosmovisión de los abuelos, no era solo un evento externo, sino un acontecimiento al interior de las conciencias. Cada nuevo ciclo obliga a preguntar si se ha vivido con rectitud, si se ha honrado a la tierra, si se ha cuidado el vínculo con los otros.

En las celebraciones contemporáneas, nos deseamos éxito personal en una sociedad profundamente desigual, prosperidad económica en un planeta agotado o seguridad en un mundo atravesado por la violencia; los conflictos armados y la violencia han alcanzado niveles inéditos, la crisis climática, provocada por la actividad humana, intensifica sequías, inundaciones y desplazamientos. Síntomas de un modelo civilizatorio que ha perdido el equilibrio.
En la idea de un tiempo cíclico, como lo entendían los abuelos de los abuelos, cada nuevo año es una oportunidad de reorientar el rumbo. Los deseos más urgentes de la humanidad hoy son, tener menos violencia, reconciliarnos con la naturaleza y recuperar la conciencia de que el otro no es nuestro enemigo, sino nuestro espejo; en él nos explicamos y nos comprendemos; al negarlo, nos negamos.
La sabiduría mesoamericana nos recuerda que en cada ciclo el renacimiento no es automático; exige decisión, coherencia y memoria. Apagar el fuego viejo implica romper con aquello que ya no ilumina, como la normalización de la violencia, la indiferencia frente al sufrimiento ajeno o la idea de que el éxito individual justifica cualquier costo. Encender el fuego nuevo exige valentía, apostar por la cooperación, el cuidado, la palabra y la dignidad.
Al arribar a una nueva vuelta del sol, nuestro mejor propósito es recuperar el sentido del tiempo, de la vida compartida con los otros, el sentido de pertenencia a un mundo que no nos fue dado para dominarlo, sino para habitarlo con respeto; es decir, encontrar y vivir el sentido de nuestro tránsito por la tierra.
Nuestros ancestros enseñaban que el tiempo siempre vuelve; lo que no vuelve es la oportunidad perdida de hacerlo mejor. Estimados lectores, que este año nuevo no sea solo una fecha más en el calendario, sino un acto consciente de renovación humana. FELIZ AÑO NUEVO.

Piedra del Sol. Imagen: INAH

