El despertar de la generación z ó la otra ola

 

Se hace presente en nuestro país el movimiento de la llamada generación Z cuyos protagonistas son jóvenes, que nacieron entre finales de los noventa y la primera década del dos mil. Algo increíble e incomprensible para los políticos, es que no lo encabezan líderes visibles, pero comparten un lenguaje común: el de los símbolos digitales, los memes y las redes sociales.

En los últimos meses, este fenómeno ha cobrado fuerza en México, donde se anuncia para el próximo 15 de noviembre una marcha que lleva por emblema una bandera negra con una calavera sonriente y un sombrero de paja, tomada de la serie japonesa One Piece.

A primera vista, el símbolo parece banal. Sin embargo, encierra una metáfora poderosa: jóvenes “piratas” que desafían al orden establecido, que buscan su propio rumbo en un mundo donde el futuro parece cancelado. Esta bandera, representa una identidad compartida más allá de ideologías. Es el emblema de una generación que, ante la precariedad y la incertidumbre, decide tomar las calles para decir: aquí estamos.

El llamado movimiento generación Z no tiene un punto de origen único. Sus causas son distintas, pero tienen un trasfondo común: el desencanto frente a gobiernos que prometen mucho y cumplen poco, el cambio climático que amenaza su porvenir, la desigualdad creciente y la sensación de que la vida adulta digna para ellos, es inalcanzable. La convocatoria del día 15 refleja ese mismo reclamo.

Desde la psicología, este movimiento se puede explicar como una necesidad de pertenencia y de sentido, en medio de la ansiedad, la competencia y la saturación digital. Y desde la política, como la expresión de un nuevo sujeto social que no se identifica con las viejas estructuras partidistas y busca construir sus propias formas de participación.

Estos jóvenes no exigen privilegios, sino posibilidades, esperanza de un futuro posible. Han crecido escuchando que el planeta se agota, que los trabajos bien pagados son escasos y que las instituciones son corruptas. Viven entre algoritmos, deudas y promesas rotas. Por eso, su movilización no parte del optimismo, sino del hartazgo. Pero también de la esperanza de imaginar otra realidad. Aunque hay quienes lo ven como rebeldía sin causa, para algunos es el inicio de un nuevo despertar generacional.

La Generación Z no busca ideologías, ni dogmas, busca coherencia, autenticidad y futuro. Su fuerza radica en su capacidad para conectarse, compartir causas y convertir un símbolo global, una simple bandera de pirata, en una declaración de principios.

Si la marcha del 15 canaliza el descontento hacia una propuesta concreta, podría marcar un punto de inflexión para México, pero si solo se queda en lo simbólico, será solo una voz más que clama en el desierto; a eso apuestan los políticos en el poder, cuando en su ceguera, descalifican este movimiento de estos jóvenes hartos de promesas, sin esperanzas y poco por perder.

Como es costumbre, los políticos reaccionan con ceguera ante lo que no controlan y deslegitiman el movimiento; afirman que está manipulado, financiado por la derecha, que obedece a intereses ocultos y más. Es la lógica del poder que solo reconoce aquello que puede cooptar. No entienden que detrás del símbolo y del ruido digital hay un grito legítimo de una generación que se siente traicionada por la política tradicional.

Sin embargo, la esperanza, está ahí. En cada joven que se atreve a marchar, a debatir, a crear comunidad. En cada gesto de inconformidad que no se resigna al cinismo ni a la apatía. ¿Estamos presenciando el nacimiento de una generación que, clama y reclama a los cuatro vientos: no queremos heredar un mundo roto, queremos construir uno nuevo.

José Antonio Gómez Espinoza