El límite del lenguaje es el límite del mundo

 

“Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje”, asevera Ludwig Wittgenstein, uno de los filósofos más influyentes del siglo XX. La interpretación de esta premisa puede tener diferentes connotaciones. En esta reflexión parto de la consideración de que el lenguaje es la forma simbólica que nos permite darle sentido y significado al mundo.

Las palabras son símbolos, y como tales, son representaciones de la realidad. Al decir la palabra “árbol”, estamos usando un símbolo que condensa nuestra experiencia del tronco, las ramas, las hojas y más, y la hace compartible. El mundo está tejido de símbolos. En la medida en que dominamos más palabras, más símbolos, nuestra capacidad de comprender y abarcar la realidad se amplía.

Por ejemplo, si un niño conoce la palabra “perro”, a través de este símbolo verá a todos los perros iguales. Con el tiempo aprende que hay perros callejeros, pastores alemanes, labradores, etcétera. Su lenguaje se expande, y con él también su mundo. Así, puede distinguir, comparar, clasificar, entender diferencias y semejanzas, generar hipótesis, teorías y más.

Esto nos ocurre todo el tiempo. Por eso, ampliar nuestro vocabulario, es afinar y ampliar el horizonte. En nuestro pueblo se tienen muchas palabras (muchos símbolos) para referirnos al maíz, y lo nombramos como elote, mazorca, maicito, milpa, camagua o jilote dependiendo de su estado de madurez. Un anglosajón solo tiene una palabra (un símbolo), para a este producto: corn. El lenguaje nos da la posibilidad de percibir y pensar detalles que para otros permanecen invisibles.

El lenguaje estructura el pensamiento. Una persona cuya lengua materna marca siempre el tiempo verbal (pasado, presente, futuro) tiene una sensibilidad distinta hacia el devenir de los días que quien habla un idioma donde esos límites no están claros. El lenguaje es más que un medio de comunicación, es el marco simbólico que da forma a nuestra conciencia.

En este contexto, aprender un nuevo idioma no es solo adquirir una herramienta práctica para viajar o trabajar, es abrir un nuevo mundo. Cada lengua ofrece un universo de símbolos distintos, una manera particular de ordenar, ver y pensar la realidad. En el japonés, por ejemplo, hay palabras intraducibles que condensan estados de ánimo muy precisos. Cada idioma es como una ventana distinta desde la cual se puede ver la realidad.

“Me quedé sin palabras”, decimos ante una emoción que nos rebasa. Pero en cuanto encontramos la metáfora adecuada o el término justo, de pronto todo adquiere sentido. Es como si el símbolo nos permitiera domesticar el mundo. Por eso, ampliar el lenguaje, es ampliar la vida misma.

Hay experiencias que parecen escapar al lenguaje, como un dolor profundo, la belleza de una sinfonía o la intensidad de un amor, que no se agotan con las palabras. En estos contextos, los humanos inventamos otros símbolos a través de metáforas, canciones, poemas, pinturas, esculturas y más, para ampliar los límites del símbolo y, con ellos, los del mundo.

El lenguaje es la red simbólica que sostiene al mundo. Las palabras abren horizontes, marcan fronteras, construyen realidades. Así, en la medida que enriquecemos nuestro vocabulario y aprendemos nuevos idiomas, por ejemplo, ampliamos la dimensión de lo que podemos pensar, sentir y compartir, ampliamos nuestra dimensión del mundo. ¿Usted qué piensa?

José Antonio Gómez Espinoza