

La ciencia entre la certeza y la incertidumbre
La ciencia, con el método científico, cuenta apenas con poco más de 300 años de historia, pero es aceptada universalmente para entender la realidad. Se basa en hechos verificables, en fenómenos objetivos, medibles y repetibles. La ciencia parte de generalidades conocidas como teorías y leyes con las que se cotejan los fenómenos observados. Sus resultados otorgan certeza y confiabilidad.
La ciencia ha permitido curar enfermedades, explorar el cosmos, crear tecnologías y desarrollar inteligencias artificiales. Sus principios radican en que sus resultados son reproducibles y sus conclusiones comprobables. Sin embargo, la confiabilidad de la ciencia, encierra el riesgo de confundir la validez de la ciencia con la verdad absoluta.
Y es que en nuestra sociedad, todo lo que “la ciencia dice” es incuestionable, se ha convertido en el dogma moderno, así como en la Edad Media la teología tenía la verdad absoluta y última.
La ciencia se basa en hechos, cuantificables. Pero, la vida no se reduce a cifras. El rumbo de las sociedades lo deciden también las emociones, pensamientos, valores y decisiones. Las pasiones colectivas, las ideas y lo simbólico son fuerzas no cuantificables, pero que definen la historia.
La epistemología (la naturaleza de la realidad), no se reduce solo a lo objetivo y medible, también lo subjetivo y no medible es un componente epistemológico. Si solo se considera lo cuantificable, se deja fuera lo que nos hace humanos, como la capacidad de imaginar, sentir, elegir y amar. Sin la subjetividad, la ciencia queda incompleta.

Edgar Morin propone un nuevo principio, el de la incertidumbre. Frente al paradigma de la certeza, la incertidumbre recuerda que todo conocimiento humano es histórico y finito. La realidad es más compleja que cualquier modelo, y lo incierto forma parte de su naturaleza.
La pretensión de una certeza total es ilusoria y hasta peligrosa, asevera Morín, quien nos invita a reconocer la interdependencia de lo objetivo y lo subjetivo, lo racional y lo emocional, lo biológico y lo cultural. No se puede disociar lo material de lo inmaterial, afirma Morín.
Las revoluciones científicas han ocurrido una y otra vez. Copérnico desplazó a la Tierra del centro del universo; Newton formuló leyes que parecían absolutas hasta que Einstein las relativizó; y la física cuántica introdujo la incertidumbre en el corazón mismo de la materia. Thomas S. Kuhn, señala que el paradigma científico es provisional, funciona hasta que la acumulación de anomalías lo derrumba y es sustituido por otro paradigma. Lo que ayer era indiscutible, mañana ya no lo es. Las teorías tienen fecha de caducidad.
Hoy, frente a crisis globales, ambientales, sociales y culturales, cabe preguntar si no estamos ante la necesidad de un nuevo paradigma. Uno que supere la obsesión por la certeza y abrace la complejidad, integrando la incertidumbre como principio del conocimiento.
Aceptar la incertidumbre no significa renunciar a la ciencia. Al contrario, es reconocer sus límites y abrirlo al diálogo con otros saberes, la filosofía, la ética, el arte, la espiritualidad y la sabiduría popular. En un tiempo en que los algoritmos parecen predecirlo todo y en que el discurso científico se usa como arma política o comercial, la humildad epistemológica se vuelve indispensable.
Una ciencia con consciencia, como dijera Edgar Morin, es una necesidad humana, una responsabilidad, capaz de orientar a las sociedades aún en los momentos de crisis. Lo que está en juego es la posibilidad de construir un saber que, sin abandonar la objetividad, reconozca la subjetividad y la complejidad de lo humano. ¿Usted qué piensa?

