

Cuando el poder se disfraza de democracia
Desde los albores del pensamiento político, la humanidad ha oscilado entre dos regímenes, el de la democracia y su contraparte, la tiranía. Desde el siglo IV a.C., Aristóteles en su obra Política, considera que la democracia es la forma de gobierno cuyas acciones apuntan al interés común de la mayoría y caracteriza a la tiranía como el gobierno que prioriza el interés propio de quien detenta el poder absoluto.
Montesquieu, siglos después, explicó en El espíritu de las leyes, que en la democracia el poder se distribuye y limita a través de la ley, mientras que, en la tiranía, el miedo es el principal instrumento de control.
Hoy, se reconocen cinco principios universales que dan soporte a la democracia: la Soberanía popular, el Estado de derecho, la Separación de poderes, el pluralismo ideológico y político, y la libertad de expresión y prensa
Por el contrario, la tiranía se caracteriza por la concentración absoluta del poder, eliminación de contrapesos, supresión de opositores, uso del miedo, el control de la justicia y la propaganda, y culto a la personalidad para legitimar al tirano. ¿Existe algún parecido con el actual contexto nacional?
La historia da muchos ejemplos del tránsito de la democracia a la tiranía. Alemania transitó de la democracia de Weimar a la tiranía nazi cuando Adolfo Hitler, elegido democráticamente, destruyó las instituciones democráticas entre 1933 y 1934. En Venezuela, Hugo Chávez llegó al poder en 1999 con elecciones democráticas y, en pocos años, desmanteló contrapesos, persiguió disidentes y modificó la Constitución para perpetuarse, generando un régimen autoritario disfrazado de democracia participativa

Politólogos como Juan Linz y Steven Levitsky desde diferentes épocas coinciden en que el deterioro democrático surge de la polarización excesiva y el desprecio a las normas democráticas y descubrieron algunos patrones que evidencian la transición de un régimen democrático a uno autoritario.
Entre estos patrones, los más consistentes son: Concentración paulatina del poder, hostigamiento a medios y críticos, uso de la ley como arma política, elecciones amañadas y una propaganda que divide al pueblo en dos grupos, “los buenos” y “los malos” bajo diferentes calificativos.
Las tiranías, en un intento de legitimación, pretenden simulaciones de democracia principalmente a través de rituales electorales y la apariencia de división de poderes, pero controlando todos los mecanismos a través formas legales, toda vez que tienen el control de los legisladores.
En Rusia, se celebran elecciones periódicas y se mantiene un parlamento, pero se domina a los medios y restringe opositores, consolidando un régimen autoritario con fachada democrática En Nicaragua, Ortega usa las elecciones para legitimar su poder mientras encarcela a candidatos opositores y cierra medios críticos.
Las señales de alerta. La concentración del poder, las reformas al vapor para eliminar contrapesos, el debilitamiento y/o eliminación de organismos autónomos, la descalificación sistemática a periodistas críticos, además, de un discurso oficial que divide a la sociedad en “pueblo bueno” y los “enemigos del pueblo” “liberales y conservadores”, son síntomas inequívocos que han sido descritos en los manuales sobre la regresión democrática.
Si la democracia es un delicado equilibrio de instituciones, libertades y respeto mutuo, la tiranía es la fractura de ese equilibrio a favor de un solo hombre o grupo. ¿Las promesas de un cambio que concentra poder no está reemplazando la voz del pueblo por el eco de un caudillo?
La democracia no muere de un solo golpe; se marchita en el aplauso fácil y el silencio cómplice. El reto es mantenerla viva, no solo con votos, sino con contrapesos, crítica y participación ciudadana. ¿Usted qué piensa?

