

(Primera de dos partes)
Se ha realizado una nueva versión cinematográfica sobre la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo. La principal empresa de streaming online –el par de términos anglosajones no solo delata la predominancia tecnológica e industrial de los Estados Unidos sobre el llamado séptimo arte, sino que también debe llevar a una reflexión sobre cuánto ha cambiado el cine en poco más de un siglo de existencia; principalmente, en la manera en la que se hace y se proyecta–, es decir, Netflix, ha producido esta adaptación bajo la dirección de Rodrigo Prieto (Ciudad de México, 1965), cuatro veces nominado al Óscar por su trabajo como fotógrafo.
Esta sería la cuarta adaptación fílmica de la obra maestra de Rulfo, pero antes de acercarnos a estas películas, es necesario realizar, en esta primera entrega sobre el tema, algunas puntualizaciones sobre las relaciones entre cine y literatura. En primer lugar, decir lo siguiente: para que la crítica de una película o de una novela sea válida, hay que comparar una novela con otras novelas y una película con otros filmes. De otro modo, se corre el riesgo de traslapar sentidos en dos artes autónomas que se suelen complementar.
La literatura es el ensueño de la aventura individual, la manera personal de dialogar con los que no están, entre ellos los muertos, mientras que el cine es el arte colectiva por excelencia, tanto por su realización como por su recepción. Ambas experiencias nos proporcionan placer, nostalgias, emociones diversas y nos permiten trasladarnos por medio de la ficción –porque aún el intento que se pretende más objetivo del cine o la literatura no deja de tener un elemento ficcional, desde la elección de la manera de narrar hasta el enfoque adoptado, por poner un par de ejemplos– a través de tiempos y espacios más cercanos o lejanos al momento y el lugar de la lectura de un texto o del visionado cinematográfico.
La literatura, a partir de la invención del cinematógrafo (1895) también comenzó a experimentar con maneras de narrar cercanas a los puntos de vista fílmicos; y el cine, por su parte, siempre tomó argumentos, ideas, puntos de vista o formas de contar de la literatura (incluyendo el teatro), pero también ha empleado, sin interrupción, elementos de las otras artes –música, pintura, escultura, danza o arquitectura– para su consagración como experiencia estética.

Mientras que la literatura tiene el sentido de la palabra y solo en ella basa su magia y su poder, el cine, sobre todo el narrativo –aunque no se agota en el mismo, pues tal como la literatura tiene su poesía– agrega a la palabra varios significados dignos de analizar para evaluar en su justa medida la experiencia cinematográfica: la música o el sonido, la actuación, la puesta en escena, el guion, la edición o la narración, por mencionar algunos.
Por lo anterior, una adaptación cinematográfica –aunque existen también otros términos académicos para este encuentro, tales como «transposición» o «traducción intersemiótica», entre otros–, al ser evaluada en relación con el texto literario, debe ser más un caso de estudio que una serie de juicios categóricos sobre la validez o no de las adaptaciones, pues dependiendo de cada persona, una de las dos artes va a salir perdiendo. Habitualmente el cine, no sólo porque acaso se conoció primero el texto literario, sino porque suele ocurrir que la experiencia literaria en su plenitud se atesora como algo intocable e incomparable alrededor de la cual se crea un celo.
Dicho así, las adaptaciones tendrían algo de transgresor o un tono de infidelidad corporal o emocional en relación con mi lectura, pero desde otro punto de vista, una adaptación fílmica es una interpretación posible de ese texto que nos fascinó, que no mutilaría, sino que enriquecería mi propia experiencia al contrastarla con la de alguien más. En cualquier caso, este preámbulo me ha parecido necesario para argumentar que más allá de los gustos individuales, ambas artes no se contraponen ni están en pugna, sino que se enriquecen mutuamente.
En el caso de Pedro Páramo, texto también idóneo por la reciente celebración nacional alrededor de nuestros muertos, la primera adaptación para el cine fue realizada en 1967, con un guion en el que participó Carlos Fuentes, bajo la dirección de Carlos Velo. Esta adaptación, que cada quien juzgará si se sostiene por sí misma como obra cinematográfica, nos da la oportunidad de considerar la complejidad del texto literario que le da origen. Pero en una segunda entrega se comentan algunos de estos pormenores, así como la reciente cinta de Rodrigo Prieto.
*Profesor de literatura

Pedro Páramo, 1967. Carlos Fernández y John Gavin. Fotograma: imdb.com

