

Gonzalo Lira
Desde su debut en 1996 con la película Hard Eight, el cineasta Paul Thomas Anderson (Los Ángeles, 1970) se ha consolidado como uno de los más influyentes y singulares de su generación a cada paso que da. Su filmografía oscila entre la épica familiar, la sátira de los excesos americanos y los retratos íntimos de personajes complejos. Es así que Anderson ha construido un estilo inconfundible que combina rigor narrativo, riesgo formal y una profunda empatía hacia sus protagonistas.
Hijo del presentador de televisión Ernie Anderson, creció rodeado de cultura pop y con acceso temprano al mundo de la imagen. Desde muy joven experimentó con cámaras caseras, convencido de que su destino estaba en el cine. Tras algunos cortometrajes como The Dirk Diggler Story (1988) y Cigarettes & Coffee (1993), su debut formal llegó con la mencionada Hard Eight (1996), un drama situado en el mundo de las apuestas, que ya anticipaba su gusto por los antihéroes y las atmósferas turbulentas. Sin embargo, fue Boogie Nights (1997) la que lo catapultó a la atención internacional, convirtiéndolo rápidamente en un “chico maravilla”, obteniendo su primera nominación al Oscar en la categoría de mejor guion original con tan solo 27 años de edad.
Boogie Nights es un fresco coral sobre la industria pornográfica en los setenta y con ella el director mostró tanto su ambición visual como su fineza y sensibilidad para el ritmo narrativo, aunque fue antes de cumplir los treinta que, con Magnolia (1999), Anderson firmó un monumental relato sobre la soledad y la redención en Los Ángeles. Magnolia consolidó su reputación como el heredero de Robert Altman, otro gran cineasta norteamericano cuyas narrativas entrelazadas y elencos corales caracterizaron gran parte de su también aclamada filmografía.
El cine de Paul Thomas Anderson dio un giro inesperado con Punch-Drunk Love (2002), una comedia romántica minimalista y más contenida en su escala, que reveló una faceta más íntima y experimental del director, pero que también evidenció su capacidad para situar sus mismas inquietudes existenciales en producciones de menor escala. Quizá la sorpresa más grande de Punch-Drunk Love fue su capacidad para dirigir actores y elegirlos en personajes que desafiaban el contexto o los prejuicios del público, tomando en cuenta que llevó al comediante Adam Sandler al que es considerado el primero y uno de sus mejores roles dramáticos.
El punto de inflexión llegó un lustro después con There Will Be Blood (2007), una de las películas más aclamadas del siglo XXI. Con un Daniel Day-Lewis monumental, Anderson exploró la codicia, el poder y la deshumanización en la fiebre petrolera de principios del siglo XX, escenario que le permitió explorar desde un ángulo más crítico la relación del capitalismo voraz con la vena humana que lo atraviesa a. La cinta lo consagró como un autor mayor, capaz de dialogar con los clásicos de la épica americana.

Otro lustro tardó Paul Thomas Anderson en dirigir The Master (2012), con la cuál diseccionó el magnetismo de las sectas y las figuras carismáticas, con interpretaciones memorables de Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman en los roles centrales de la que para muchos representa la segunda mitad de un díptico inaugurado años atrás con la mencionada There Will Be Blood.
En 2014, a tan solo dos años de The Master, Anderson sorprendió con su primer guion adaptado de una novela. Inherent Vice (2014) lo adentró en la psicodelia noir del escritor Thomas Pynchon en un experimento narrativo cargado de humor y desconcierto, sin dejar de lado su enorme capacidad para jugar con los géneros cinematográficos sin perder de vista su afilado ojo para diseccionar los mitos americanos.
Inherent Vice sin duda rompió con la densidad temática y narrativa de sus dos anteriores esfuerzos, y dicha tendencia se mantuvo en Licorice Pizza (2021), una retorno nostálgica a la América de los setenta, cuya mirada luminosa y divertida al Valle de San Fernando combinó ternura juvenil con un retrato del Hollywood de la época visto desde un adolescente.
La ligereza que Anderson parece haber plasmado en sus esfuerzos recientes permanece en su más reciente esfuerzo, nuevamente adaptación de Pynchon, titulado Una Batalla Tras Otra (One Battle After Another, 2025), protagonizada por la tríada conformada por Leonardo Di Caprio, Benicio del Toro y Sean Penn.
En Una Batalla Tras Otra (2025) Leonardo Di Caprio protagoniza como un revolucionario que vive a salto de mata. Él forma parte de un grupo conocido como los French 75, que se dedican a desafiar al status quo estadunidense con operativos para liberar migrantes de centros de detención y desestabilizar organizaciones financieras, bancos y otros organismos que representan al capitalismo norte americano del Siglo XX. Es en dicha organización que Bob conoce a Perfidia – la estupenda Teyana Taylor- con quien rápidamente desarrolla una relación sentimental que eventualmente lo llevará a conformar una familia. Pero después de un golpe fallido que obliga a Bob y a Perfidia a tomar caminos separados, él debe hacerse cargo de la bebé que eligieron criar juntos.
Dieciséis años después de dicha separación, el mundo ha evolucionado, y aunque el espíritu rebelde de Bob parece inquebrantable -con aficiones como ver la película La Batalla de Argel una y otra vez- la realidad es que la reclusión paranoica en la que él ha elegido llevar tanto su vida como la de su hija empiezan a actuar en contra. Sin embargo todo cambia cuando un personaje del pasado se hace presenta y desestabiliza la idílica paranoia de Bob, llevando a su hija Willa -la debutante Chase Infiniti- a tomar decisiones que pondrán en duda la vigencia de los ideales de su padre en un mundo que opera muy distinto a lo que ella fue educada a entender.
“Paul escribió esta película durante los últimos veinte años. Se basó en los revolucionarios de los años sesenta y setenta, inspirado en organizaciones rebeldes como los Weather Underground”, explica Di Caprio en entrevista. “Eran organizaciones anti capitalismo, que eran críticos de la Guerra de Vietnam. Estas personas lucharon por los derechos civiles y la igualdad, aunque muchos de ellos desaparecieron en éter. La película busca revivir ese espíritu y sus ideales como personas que se preocupaban por el bien común de la humanidad”, agrega el actor ganador del Oscar.
Como todo el cine de Anderson, Una Batalla Tras Otra destaca por su exploración de las relaciones de poder —padres e hijos, líderes y seguidores, amantes desiguales— y por una puesta en escena que oscila entre el virtuosismo del plano secuencia y la austeridad de encuadres contenidamente poéticos. Al igual que en sus esfuerzos recientes, la música del compositor Jonny Greenwood exacerba los diálogos y las situaciones, dando lugar a una identidad estética y sonora inconfundible.
Otro elemento destacable de Una Batalla Tras Otra es la complejidad de las relaciones sentimentales entre sus personajes. Tal como lo hizo con la notable película El Hilo Fantasma (2017), en su más reciente película Anderson no idealiza el amor romántico, permitiéndole dotar de capas llenas de complejidad a sus personajes centrales. Pero quizá lo que hace a esta película su esfuerzo más contemporáneo es la inclusión de un personaje como Sergio St. Carlos – el gran Benicio Del Toro – quien sugiere que las nuevas rebeliones en Estados Unidos surgen de minorías como la comunidad hispana en el país del norte y cómo la unidad en el corazón de estas minorías son el combustible que poco a poco puede convertirse en una bomba social que inevitablemente estallará.
“La película es como un espejo de lo que está pasando en la sociedad”, comenta Benicio del Toro. “El director usa esa realidad como un fondo para la historia que quiere contar. Mi personaje muestra lo que están viviendo muchos hispanos en Norteamérica”, concluye.
A sus poco más de cincuenta años, Anderson no solo es una figura central del cine estadounidense contemporáneo, sino también un referente mundial de cine de autor dentro de la industria. Sus películas, que rehúyen del lugar común y de la complacencia, invitan al espectador a reflexionar sobre la condición humana, la ambición y las contradicciones de la sociedad moderna. Paul Thomas Anderson sigue ampliando un legado que, como pocos, combina audacia artística y sensibilidad profundamente humana.

