

Mi padre es una persona maravillosa.
Durante años he compartido con él una intimidad serena, en torno a dos rituales sencillos que, sin proponérselo, se han vuelto sagrados: momentos de tiempo padre-hijo que guardamos como si fueran secretos.
El primero es sentarnos a ver fútbol.
¿A mí qué me importa el fútbol? Lo único que me importa es mi viejo. Pero con él he aprendido a disfrutarlo. ¿Qué hay de malo en eso? Estoy seguro de que el día que él ya no esté, seguiré viendo fútbol, con la esperanza —y por si acaso— de que me mirase desde arriba.
El segundo ritual que compartimos es ir por tacos una vez por semana. Dividimos un alambre entre los dos y lo acompañamos con una Coca-Cola. Esos momentos, que podrían parecer corrientes a simple vista, son para mi profundamente significativos. Son momentos felices, y probablemente los que más recuerde cuando yo tenga su edad.
Cuando estamos a solas, le hago muchas preguntas sobre su juventud. Escucho sus historias, le pido consejos, hablamos de libros. Mi padre es un hombre profundamente culto, pero es su ejemplo —más que su saber— lo que profesa.

Él tiene la rara virtud de convertir lo tedioso, lo adverso o lo simplemente gris, en un ejercicio de paciencia, de calma, de contemplación.
Donde otros maldicen el tiempo perdido, él abre un libro. Donde otros se impacientan, él encuentra una pausa. Hace unos días me contó que acompañó con gusto a mi madre de compras, y mientras ella elegía ropa, él leía un capítulo de De dioses a animales. Le voló la cabeza, me dijo, y luego me lo compartió. Ese tipo de gestos más allá de la teoría, son los que encarnan la palabra. Su práctica, su ejemplo.
Hace un par de semanas yo debía estar en Canadá, recorriendo ciudades en una gira que ya tenía todo listo: visa, ensayos, músicos. Pero al final, todo se desmoronó por razones que no vale la pena detallar aquí. Entre lo que fue y lo que no, cancelé lo poco que tenía en pie. Me quedé al chasis de las circunstancias: sin trabajo, con tiempo entre las manos, justo a mitad del puente.
Entonces hice lo que creo que él habría hecho: acepté las cosas como eran. No se trata de negarse al dolor ni de fingir entereza, sino de aceptar los retos que la vida te pone en el camino, respirar hondo, esperar.
Con tiempo a favor, desempolvé mi viejo controlador de DJ, lo conecté a las bocinas y comencé a mezclar. He tocado en vivo, como un modo de empujarme a dar lo mejor. Compuse algunas piezas breves que luego compartí en Instagram y también me entregué también al gimnasio, con cierta disciplina, con cierta furia transformada en constancia.
Mi padre es una persona maravillosa.
Su manera de habitar el mundo es, en sí misma, una enseñanza.
A veces tengo la suerte de sentarme con él a compartir unos tacos mientras le escucho una historia que ya me sé de memoria, o vemos un partido de football que no me interesa tanto, pues lo único que me interesa en este mundo es él.


