El ayuntamiento Ecoloco de Cuernavaca

 

Algo huele mal en Cuernavaca, además de las constantes fugas en el drenaje, la miasma que sale de encharcamientos después de muchos días, la acumulación de basura en las calles apenas medio atendidas por un servicio de recolección bastante irregular.

La fetidez empieza a ocultar el aroma de los árboles y flores con las que los lugareños se acostumbraron a convivir, probablemente porque la incapacidad, insuficiencia, ineptitud o de plano la corrupción de la autoridad responsable de la conservación del medio ambiente parece hasta esforzarse en que la ciudad pierda árboles y espacios verdes.

Llama la atención porque ninguno de quienes conocen al alcalde, José Luis Urióstegui Salgado lo habría comparado con el Ecoloco, ese personaje de la infancia que caracterizó Humberto Espinosa Magaña en la entrañable serie Burbujas y que era una especie de Team mugre, basura y smog. Al contrario, la historia electoral reciente de Urióstegui Salgado estaba vinculada al rescate del medio ambiente en barrancas y parques como el Melchor Ocampo. Ya como alcalde, parte de su labor de fines de semana era la limpieza y rehabilitación de espacios públicos con el apoyo de los vecinos de estos sitios, trazó acuerdos con la iniciativa privada por la conservación de camellones y pequeños parques y áreas verdes.

Pero aparentemente la conciencia ecológica del alcalde José Luis no es compartida, siquiera un poquito, por el resto del ayuntamiento lleno de agentes del caos ambiental cuyo limitado conocimiento, escaso compromiso y evidente nulo amor por la ciudad (donde los árboles son habitantes fundamentales y deberían ser privilegiados), los hace ceder ante toda clase de argucias de particulares destructores del ambiente.

El escándalo es de política vital

Para justificar su inconfesable gusto e insufrible tolerancia a la depredación de Cuernavaca los funcionarios del ayuntamiento tienen argumentos que parecerían pragmáticos, pero evidencian una preocupante ignorancia.

El más reciente escándalo en torno al arbolado urbano, la tala de árboles (a pesar de que les fue prohibida) en la colonia Reforma por parte de una organización religiosa estadounidense para construir un enorme templo y el posterior premio a esa agrupación con la cesión de la calle Santa Prisca a favor de la iglesia a cambio de la construcción de un parque, ha sido enfrentada por el funcionariado municipal desde dos ángulos:

Primero, argumentar que, dado que la calle “no se utilizaba” da lo mismo entregarla. La tesis es absolutamente falaz. La calle Santa Prisca, donde se ubica alrededor de una decena de árboles maduros tiene una función que va más allá de su utilidad vial (que también tiene): contribuye a mantener el microclima de la región, ayuda a la presencia de polinizadores, equilibra la química del suelo, sirve como filtro de contaminantes, y otras maravillas que no pueden hacer los árboles recién plantados y ninguno de los ineptos a cargo del Desarrollo Sustentable y los Servicios Públicos de Cuernavaca.

Segundo, alegan que la ciudad, y específicamente la zona se beneficiará porque a cambio de la cesión de la calle, la organización religiosa deberá construir un parque público en la misma colonia. Pero el parque tendría que aportarse no por el otorgamiento de la propiedad de una calle sino por la previa destrucción de unos cuarenta árboles de muchas décadas que derribaron en su ambición de construir un templo.

Luego añaden la tarugada de que las iglesias mormonas son siempre bonitas y contribuyen a que se vea bien el paisaje. También la Estrella de la Muerte en Star Wars era bonita, hasta parecía otro planeta y la de estropicios que provocó.

Y luego rematan alegando que el escándalo en torno a la depredación de árboles en ese punto, pero también en otros de la ciudad es un asunto político. Para empezar, a lo mejor quisieron decir partidista, porque es obvio que la conservación del entorno es cuestión de política ambiental, de política social, de política vital. Se trata del futuro de Cuernavaca y si entendemos como apocalipsis el fin de la vida como la conocemos, lo que están haciendo con la Ciudad de la Eterna Primavera esa bola de badulaques tiene tintes apocalípticos más allá de los que pronostique la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días a la que parecen tenerle un afecto tan insano que a pesar de la destrucción y la cadena de ilegalidades que ha cometido hasta prácticamente le regalan una calle para que estén cómodos.

Urge un cambio, pero de funcionarios

Y claro que siempre están los procesos electorales para que la ciudadanía defina el rumbo deseable para las ciudades, pero son cada tres años y al ritmo que van éstos, los irreversibles daños ambientales que permiten podrían haber dado al traste a la ciudad mucho antes de que podamos botarlos a donde merecerían.

Insistimos, extraña porque José Luis Urióstegui aún parece preocupado por el medio ambiente, ayer mismo tuvo una reunión con el Comité de Ordenamiento Ecológico Territorial, en la que refrendó, según dice el propio ayuntamiento, su compromiso por “garantizar un desarrollo equilibrado y una gestión responsable del entorno natural que distingue a Cuernavaca”. Ese entorno del que permite la destrucción el funcionario que estaba sentado a su izquierda, Guillermo López Mejía, secretario de Desarrollo Sustentable y Servicios Públicos, y a quien el comunicado del municipio omite llamar por su nombre (por algo será).

La pregunta, en la total confianza tendría que ser ¿qué te ha pasado, José Luis? Y si vimos Los Simpson hasta podríamos añadir “antes eras chévere”.

El alcalde debe reconsiderar, a lo mejor aún es tiempo para frenar la decisión del cabildo y mantener la calle Santa Prisca, sancionar a quienes por acciones u omisiones son corresponsables de la destrucción del entorno, cambiar de funcionarios responsables del medio ambiente en la ciudad y para reconciliarse con la ciudadanía.

@martinellito

martinellito@outlook.com

La Jornada Morelos