

Estampas de disfunciones gubernamentales
Desde la buena fe, uno sinceramente esperaría que la salida de Mirna Zavala Zúñiga de la Secretaría de Hacienda y de cada funcionario que deba abandonar su cargo en los próximos meses, realmente solucionen los problemas que enfrenta la administración de la primera gobernadora que ha tenido Morelos, el primer gobierno de izquierda en el estado, y la condensadora de muchos de los anhelos ciudadanos de paz y bienestar en el futuro cercano.
No necesariamente será así; porque, aunque el retiro de la secretaria pudiera despresurizar mucho la situación financiera de una administración que parecía estar trabada, la experiencia como observadores nos enseña que en la administración pública (llena de egos e intereses políticos y de negocios personales) los problemas nunca son uno solo.
El subsecretario y su manía
Había hace muchos años en el gobierno del estado un subsecretario de educación que llegaba muy temprano todas las mañanas a su oficina, entonces en la biblioteca central del parque Alameda. Hacía un recorrido por los pasillos y exigía a todos que sus escritorios estuvieran paralelos y junto a las líneas que marcaban los mosaicos del piso. “Es una cuestión de orden”, decía el encumbrado funcionario mientras arrimaba los pesados escritorios metálicos con un ruidajal enorme que molestaba a los usuarios de la biblioteca.
Como entonces no estaba de moda eso del Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), nunca preguntamos si lo padecía, pero él insistía en la importancia siempre del orden del mobiliario que, después supimos, verificaba varias veces al día. No le tocaba hacerlo, tampoco era tan relevante, sobre todo porque la educación entonces estaba hecha un desastre (no como ahora) pero pululaban, por ejemplo, las universidades sin registro de validez oficial, los conflictos laborales en los bachilleratos públicos, y la falta de un proyecto de desarrollo educativo para el estado. Cosas que no parecían importar mientras los escritorios estuvieran alineados.

¿Y cuándo nos toca hacernos ricos?
Caí en aquella oficina por una colección de errores y casualidades. El jefe del despacho era una persona sumamente honesta y salía del prototipo del funcionariado público, sobre todo el de entonces (eran los primeros tiempos del Partido Acción Nacional en el gobierno y el triunfalismo se convirtió muy pronto en una soberbia absoluta). Aquel amigo era más bien de lo que llaman izquierda buenaondita, y pretendía mantener su honestidad a toda prueba; eso no quitó que diera el carácter de su segundo a bordo a uno de sus mejores amigos, que no era nada honesto y a quien llamaremos simplemente Y.
Una tarde, Y, aprovechando la presencia del jefe administrativo de la oficina preguntó cómo se hacían las transas en el gobierno. Uno habría pensado que trataría de identificarlas para combatirlas. No era así. Inmediatamente respondió, “llevamos un año de gobierno y veo que todos se están llevando una lanota, ¿y cuándo nos toca hacernos ricos a nosotros?”, reclamaba con un enojo que haría pensar que seguía bromeando. Su administrativo le empezó a dar algunos tips mientras salíamos del despacho para nunca volver.
Me vale el gobernador, aquí el que sabe soy yo
Hacia fuera, en cualquier gabinete la figura del titular es intocable, las recurrentes declaraciones de los funcionarios lo hacen ver así cada vez que dicen “por instrucciones de”, o “gracias a la sensibilidad de”, y hasta “el gobernador me recomendó”. Así, los titulares de los poderes ejecutivos, por muchos defectos físicos y de carácter que tengan son dotados, por lo menos simbólicamente, de una sabiduría y una potencia casi infinita. La parafernalia de gabinete hace que presidentes, gobernadores y alcaldes y otros funcionarios parezcan dioses (o semidioses una vez que se les conocen algunos vicios).
Pero en privado pasan otras cosas.
Aquel hombre llegó al despacho de un jefe de oficina de la gubernatura convencido de que se aprobaría el proyecto que había platicado con el gobernador en turno porque era una inversión muy conveniente para el estado. Cargando el montón de cartapacios, alcanzó a sentarse y empezar a explicar el proyecto (“Me sentía más nervioso que con el gober, porque éste era un tipo más soberbio, como que trataba de ser imponente”, me decía el amigo). No había pasado ni el prólogo de una explicación ejecutiva cuando el funcionario lo acribilló con preguntas: “¿Quién revisó esto? ¿Por qué le dieron audiencia? ¿Cómo cree que vamos a andar gastando en pendejadas?”. El del proyecto le alcanzó a decir que el gobernador ya lo había revisado y autorizado, a lo que el engrandecido sujeto le respondió “Y ese güey qué sabe, a mí me vale el gobernador, aquí el que sabe soy yo y esto no va”. Y no fue.
Juego que tiene desquite…
Había dos funcionarios en pique siempre, no solo por ser buenos amigos del gobernador con quien colaboraban, sino porque sus secretarías constantemente tenían que encontrarse en el territorio (como se dice ahora). Uno de ellos era mucho más académico que político así que perdía cada batalla grillesca, aunque ganara todas las argumentativas (no era tan famoso, pero mantenía su posición en el equipo).
Los pleitos y patadas bajo la mesa eran constantes. El gobernador no lo sabía, o se hacía menso. El conflicto fue escalando hasta que un día el político se quejó con el gobernador en público de la falta de apoyo del académico. “Así no podemos avanzar”, advertía en la reunión de gabinete a la que caímos por alguna torcedura en el camino. El gobernador los regañó a ambos, al académico le criticó su falta de habilidad para coordinarse en los trabajos y al político le censuró una enorme lista de trampas que le había puesto al adversario (que previamente las había anotado en una tarjeta para conocimiento del mandatario).
Al salir de la reunión el académico iba algo satisfecho, aunque aún molesto por el regaño, “por fin me desquité de tanta marranada”, comentó a uno de sus subalternos. El político dejó el recinto sonriente y alcanzamos a oírlo decir: “juego que tiene desquite, ni quien se pique”.
Y pronto tuvo su revancha, que fue respondida con otra y otra, en un eterno ciclo que duró casi todo el sexenio.
@martinellito / martinellito@outlook.com

