El paro en la salud, un Mario y un Gil

 

El paro de trabajadores de la Salud en Morelos es la más evidente muestra de que la crisis provocada por años de abusos y corrupción en el sector continúa.

Desde la última mitad de la administración del exgobernador, Marco Adame Castillo, allá por 2009, se señalaban los abusos de una gavilla de funcionarios administrativos quienes hacían contrataciones de personal y adquisiciones fuera de la norma y se enriquecían con total cinismo. El sucesor de Adame Castillo, Graco Ramírez Garrido, pretendió enfrentar la corrupción del sector salud, pero un mal diagnóstico lo hizo buscarla donde era obvio que no la había, en cambio, permitió que un nuevo grupo se adueñara del esquema anterior y repitiera las prácticas que alguna vez criticó.

Denunciante de la corrupción sistémica en la administración de Ramírez Garrido, Cuauhtémoc Blanco permitió en su periodo episodios aún peores; aún durante la pandemia por Covid-19, los testimonios de abusos en la administración de recursos del sector, particularmente en los Servicios de Salud Morelos, fueron una constante. Un agravante para Cuauhtémoc Blanco, las instalaciones, el equipamiento, el abasto y el servicio que brindaban las unidades hospitalarias, clínicas y centros de salud era cada vez peor.

La corrupción se había normalizado tanto que poca gente ya hacía caso a las denuncias, hasta que golpearon de manera gravísima en un servicio que era apenas regular hasta convertirlo en casi nulo. Las imágenes de elevadores inservibles, goteras en unidades médicas, pacientes esperando por horas consulta, anaqueles de farmacia vacíos, provocaron la indignación y solo entonces los escándalos por las irregularidades administrativas en el sector volvieron al centro de la discusión sobre las políticas sanitarias en el estado.

La administración de Margarita González Saravia apostó por el nombramiento de Mario Ocampo un joven médico, aparentemente lejano a los grupos de interés que dominan el sector, para hacerse cargo de la Secretaría de Salud, cabeza jurídica de un sector en que realmente, por poder económico y población realmente atendida, domina el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).

Ocampo fue alcalde de Puente de Ixtla, donde tuvo una gestión más bien discreta, pero sus 16 años en hospitales comunitarios le pareció ideal a la gobernadora para apuntalar los servicios de salud en las zonas marginadas del estado. Pero el secretario de Salud tuvo su primer tropezón al desestimar el poder del sindicato de trabajadores de salud.

Funcionarios han salido y entrado al sector salud, pero en este siglo hay una constante. El sindicato de trabajadores de Salud lo dirige Gil Magadán Salazar, así ha sido hace más de dos décadas y, dado el escaso activismo sindical de la comunidad médica en el estado, parece que continuará igual por mucho tiempo. En efecto, además de la atención deficiente, el desabasto de medicamentos y las denuncias de corrupción, Gil Magadán es una constante en las últimas décadas de salud en Morelos.

Y nadie podría inferir a partir de esto que el dirigente de los trabajadores de la Salud esté de alguna forma involucrado en los círculos de corrupción y abusos que él mismo ha denunciado ante los medios de comunicación hace años; pero tampoco ha ayudado mucho a que las malas prácticas desaparezcan.

Gil Magadán es un líder sindical a la antigua: aficionado a ser incluido en las negociaciones casi como protagonista; de los que se refieren a los agremiados a su sindicato como “mis trabajadores”; y están dispuestos a dar demostraciones de fuerza a las autoridades. Esto debió saberlo Mario Ocampo igual que lo saben la mayoría de quienes han trabajado en la medicina pública en Morelos.

Mario Ocampo no entendió la importancia de reunirse y “apapachar” a Gil Magadán, igual que tampoco parece entender la urgencia de investigar y sancionar los círculos de corrupción de sus antecesores y que ahora mismo podrían estarse repitiendo (especialmente considerando que los relevos en los Servicios de Salud Morelos fueron muy pocos a pesar del desastre que produjeron los últimos seis años). Así, el de Salud dejó que el problema estallara y obligó a que fuera el secretario de Gobierno, Juan Salgado Brito, quien conoce de hace años a Gil Magadán, quien finalmente arreglara las cosas.

Afortunadamente para Ocampo, Salgado Brito tuvo la habilidad para bajar los ánimos del dirigente sindical y convencerlo de sentarse a la mesa con el secretario de Salud; de otra forma, la utilidad de Mario Ocampo habría resultado evidentemente nula en todo este asunto, un enorme riesgo para conservar la chamba.

Acostumbrada a la revisión y evaluación de los perfiles del gabinete, la administración de Margarita González Saravia tendrá ya un reporte del secretario de Salud y su brazo derecho, Jacqueline Hernández Ruiz, el paro en el sector los rebasó a ambos y eso quedará en su expediente, probablemente como una anécdota; aunque podría tornarse en un asunto grave si, más allá de Gil Magadán siguen las quejas y denuncias de trabajadores y usuarios.

Pero el paro también tendría que servir para que el dirigente sindical se autoevaluara, bajo la lógica de que no se trata solo de ganar una discusión sino de, por fin, lograr la erradicación de la corrupción y malas prácticas en el sector salud morelense; algo en que, por omisión, probablemente haya contribuido.

@martinellito / martinellito@outlook.com

Daniel Martínez Castellanos