De niña me decían reactiva, una forma elegante de no llamarme “niña problema”. Eran los ochenta y todos éramos un poco problema. Crecimos sin cascos ni bloqueador solar, sin coach de vida ni líneas de ayuda. En el catecismo me enseñaron que había que poner la otra mejilla, pero esa es la mentira más peligrosa que me vendieron. Porque mientras tú aguantas, el otro aprende que puede seguir golpeando. Y así crecen los verdugos, alimentados por nuestro silencio educado.

Sin embargo, en mi casa había una regla no escrita que era, “si te pegan una vez, les pegas dos veces”. Yo no era rebelde ni agresiva, solo práctica. Si me empujaban en el patio, me levantaba con rabia y me defendía. Aprendí pronto que el mundo no se detiene porque alguien te hiera; si te duele, te levantas, peleas y luego lloras.

Hoy ya no se puede decir eso. Si un niño se defiende, lo expulsan. Si un padre le enseña a hacerlo, lo acusan de fomentar la violencia. Pero los golpes siguen existiendo, solo que ahora se dan desde un teléfono. Ya no hay sangre, hay pantallas llenas de insultos, vídeos, burlas compartidas una y otra vez. La violencia cambió de forma, pero no de intención.

Hace unas semanas una adolescente en España se arrojó desde la azotea después de meses de acoso. Tenía catorce años. La humillaban, la imitaban para reírse, la acosaban sin descanso. Su madre había pedido ayuda, y el colegio activó el famoso “protocolo”, ese procedimiento que sirve para llenar formularios, no para salvar vidas. Esa niña no se quitó la vida sola; se la fueron quitando entre todos, entre los que escribieron, los que reenviaron y los que miraron en silencio.

Cada vez que leo historias así se me encoge el pecho. No hay nada más cruel que una sociedad que se acostumbra a ver cómo destrozan a un niño y no hace nada. Nos hemos vuelto espectadores del dolor ajeno, anestesiados, entretenidos con la tragedia mientras seguimos deslizando el dedo por la pantalla. El acoso escolar no es nuevo, lo que cambió fue el escenario. Antes te empujaban en el patio y, si las cosas se pasaban de la raya, te citabas con tu acosador—o con tu archienemigo—a la salida del colegio. Era tú contra él, un par de golpes, un par de lágrimas y asunto resuelto. Hoy, en cambio, la violencia no se disuelve, al contrario, se multiplica. Ya no se pelea cuerpo a cuerpo, se lincha en grupo, se graba, se comparte. El dolor se vuelve contenido viral y la humillación, eterna.

Cuando alguien me cuenta que a su hijo lo están molestando, no le recomiendo libros de crianza ni frases motivacionales. Le digo que lo meta a un deporte de contacto. Jiu-jitsu, taekwondo, muay thai, boxeo, lo que sea. Que aprenda a liberar la ansiedad y el miedo, que aprenda a caer, a levantarse, a respirar, a no temblar. No para que pegue, sino para que entienda que puede defenderse. Cuando peleas, descubres que a veces estás arriba, a veces abajo, que el dolor pasa, que no hay mal que dure cien años y que sobrevivir es posible. El cuerpo y el dolor te enseñan lo que las palabras no alcanzan.

Lo sé por experiencia. Fui la gorda del salón, la nerd, la que no sabía bailar. Era el blanco perfecto. Pero desde los nueve años practicaba taekwondo, y aunque hubo quien intentó acosarme, no duró mucho. No porque fuera más fuerte, sino porque no tenía miedo. El respeto no se pide, se transmite. Una mirada firme puede más que un grito.

También lo vi con mi sobrino. Tres chicos mayores lo esperaban a la salida para empujarlo y reírse. Mi primo, agotado de verlo encogerse un poco más cada día, lo llevó a entrenar muay thai. Las primeras semanas fueron un infierno. Lloraba, se resistía, rogaba no volver. Pero siguió. Con el tiempo, su cuerpo cambió, su mirada también. Empezó a caminar distinto, a ocupar su espacio. Y nunca más lo tocaron. No porque se volviera agresivo, sino porque dejó de parecer indefenso. Cuando el miedo se va, el abusador pierde su poder.

Eso es lo que necesitamos. Niños que no vivan temiendo, que no piensen que si se defienden serán castigados. Que aprendan a sostenerse, a responder, a poner límites.

No culpo a los padres de las víctimas, todos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. Criar es un acto de fe, una apuesta diaria contra el miedo. Pero el problema no solo está en las casas, está en el sistema. Las leyes son viejas, los protocolos huecos, las escuelas se protegen más a sí mismas que a sus alumnos. Los maestros ganan una miseria y cada vez tienen menos poder porque los padres no quieren que nadie corrija a sus criaturas salvajes. Todos preferimos no arriesgar el trabajo ni la reputación, así que callamos y repetimos el viejo estribillo diciendo, “son cosas de chicos”. Pero no lo son. El acoso no es un juego, es una tortura moderna que el Estado y la sociedad sigue tratando como travesura.

Los padres de los menores, y los menores que acosan también deben enfrentar consecuencias reales. No talleres de empatía de veinte minutos ni sanciones simbólicas. Consecuencias que sirvan. Suspensiones efectivas, acompañamiento psicológico obligatorio, reparación del daño. Y cuando hay delitos, como amenazas o vídeos íntimos, debe haber responsabilidad penal adaptada, pero real. No se trata de venganza, se trata de justicia. Si un chico tiene edad para destruir, tiene edad para comprender lo que ha hecho.

Nunca tuve hijos, pero la vida me regaló una hijastra. Una niña dulce que odiaba el conflicto. Cuando empezó a tener problemas en el colegio, decidimos meterla a jiu-jitsu. Lloró, se resistió, dijo que no quería. Pero la llevé igual. Cada clase era una batalla. Lloraba en el coche, inventaba excusas, decía que estaba enferma. El entrenador me decía que quizá no debía forzarla, que era demasiado radical. Le respondí que prefería verla llorar en los entrenamientos a verla en una caja blanca rodeada de flores. Persistimos. Meses después, la vi en el tatami, moviéndose con seguridad. No solo era más fuerte, era más libre, y eso le cambió la vida.

Por eso me duele tanto pensar en Sandra, la niña de catorce años que ya no está. Ojalá hubiera podido gritar, resistir, romperle la cara a esas tres chicas que la atormentaban y romper el círculo del miedo. No lo digo con nostalgia por los tiempos en que nos peleábamos en el patio. Lo digo porque el valor se ha vuelto un lujo y el defenderse una conversación políticamente incorrecta.

Tenemos que dejar de confundir defensa con violencia. La violencia real no está en el que se defiende, sino en el que disfruta ver cómo otro se hunde. Esos son los verdaderos violentos, y aunque sean menores deberían enfrentar consecuencias, junto con los padres que no controlan lo que hacen sus hijos con un teléfono en la mano. Darle acceso a un adolescente sin límites a un dispositivo es como entregarle una bombona de gas con un mechero encendido. Tarde o temprano, algo explota.

Basta ya de protocolos que no salvan a nadie. Basta de escuelas que se protegen más que a los alumnos. Basta de leyes que “castigan” cuando ya es demasiado tarde. Volvamos a hablar de coraje, de leyes que protegen, de defensa, no de sumisión. Criemos hijos que usen su voz, su cuerpo, su criterio. Que aprendan a decir basta, que sepan poner un alto, que no teman incomodar.

Y si algún día los llaman reactivos o intensos, que sonrían. Mejor que los señalen por defenderse a que los recuerden en silencio. Porque entre una mala reputación y un funeral, no hay dilema posible.

Prefiero que los llamen reactivos, rebeldes, niños problema si hace falta. Pero que vuelvan vivos a casa.

Elsa Sanlara