Maximino Aldana*

Sophia Arkhé

Joaquín Esteban Aldana**

En todos los sistemas sociales conocidos —desde las monarquías más antiguas hasta las democracias más recientes— el acceso al poder rara vez ha sido una consecuencia directa de la virtud. Al contrario: los mecanismos que conducen al poder están mucho más estrechamente ligados a la ambición que a la ética. Y no se trata simplemente de una afirmación cínica, sino estructural. La virtud, entendida como la capacidad de actuar con justicia, compasión, sabiduría o respeto por la dignidad de otros, no otorga votos, no genera capital político inmediato, no produce lealtades ciegas. En cambio, la ambición —cruda, implacable, despojada de escrúpulos— sí lo hace. La ambición puede moldear discursos, puede comprar voluntades, puede organizar campañas, puede mentir con aplomo, y puede conquistar territorios.

Por eso los líderes más visibles del mundo actual no son necesariamente los más sabios ni los más justos. Son, muchas veces, los más decididos a cruzar todas las líneas que la mayoría jamás se atrevería a tocar. La gran mayoría de las personas no estaría dispuesta a mentir masivamente, a robar desde el poder público, a sacrificar la vida de otros por conveniencia electoral o geopolítica… a construir o disparar un misil. Pero quienes sí están dispuesto llegan al poder, no por virtud sino por ambición.

Vivimos en una paradoja moral: los individuos con mayor profundidad ética, con mayor conciencia social, con más respeto por la dignidad humana, suelen evitar el poder. No por cobardía, sino por decencia. Porque saben que el poder, tal como lo hemos construido, contamina y corrompe. Llegar al poder implica pactar con la mentira y mirar hacia otro lado. Y quienes se niegan a hacerlo, simplemente quedan fuera de este poder y se vuelven invisibles. Las leyes constitucionales que habíamos elaborado son sabias y de principios firmes, pero no llegaron al espacio de la toma de decisiones. Mientras tanto, aquellos que carecen de virtud —pero no de ambición— ascienden con rapidez y cambian las leyes. Una vez que ocupan el poder, lo deforman todo: la ley, la verdad, la vida de los otros.

El resultado es una ecuación cruel: la virtud sin poder se diluye, y el poder sin virtud se pudre. Pero no es un accidente. Es un patrón doblemente trágico porque las sociedades, a lo largo de la historia, han producido individuos virtuosos. No son escasos. Están en los salones de clase, en los laboratorios, en las asambleas comunitarias, en las redes de cuidado mutuo y en las corporaciones policiales. Pero el sistema que nosotros construimos no los recompensa. No les da micrófono. No les da estructura. No les da recursos. Y, sobre todo: no les da poder.

La consecuencia está frente a nosotros: Gobiernos que matan, contaminan, mienten, saquean y bombardean. Corporaciones que destruyen el ecosistema sin freno. Y poblaciones enteras gobernadas por personas que, en un mundo más justo e inteligente, no podrían ser líderes de nada.

Nuestra historia no es una sola voz. Es un coro descompuesto, una tensión entre los que destruyen y los que imaginan algo mejor. No somos los mismos. Unos saquean, otros siembran. Unos asesinan, otros curan. Unos bombardean, otros componen sinfonías. Unos se imponen con armas, otros resisten con palabras, ciencia, arte y comunidad. Lo que en verdad encabrona es que los que construyen nunca gobiernan y los que sólo queremos vivir en paz debemos adaptarnos al mundo sangrante construido por quienes no conocen la paz.

Eso es lo que duele. No la contradicción abstracta de la humanidad, sino la certeza de que los peores gobiernan a los mejores, y que hemos construido un sistema que protege a los destructores y silencia a los que imaginan un mundo mejor. Los humanos tenemos la capacidad de arruinar el paraíso. Pero también hay humanos que imaginan, que crean, que siembran. Y gracias a ellos merecemos una sociedad distinta. Una en la que soñar no sea un acto de resistencia, sino lo cotidiano.

Hay días en que pareciera que todo está en llamas. El clima, la política, la economía, los cuerpos, los desaparecidos, las instituciones, la confianza. Arde el bosque, arde la calle, arde la dignidad. Y nosotros, los que no gobernamos, vivimos entre las cenizas, buscando aire para respirar. Pero si todo está ardiendo, entonces ya no se trata de evitar el fuego, sino de aprender a florecer dentro de él. Porque efectivamente: el bosque se quema. Pero algunas semillas —las más tercas— sólo se abren después del incendio. Esas semillas somos nosotros.

No lo hacemos por optimismo ingenuo sino porque el no hacerlo sería cederle el mundo, entero, a quienes lo están destruyendo. Sembrar, en este contexto, es un acto de rebeldía. Escribir, resistir, amar, cuidar, enseñar, crear… son formas de germinar en un suelo hostil, formas de decir: “Aquí estamos todavía. Y no nos rendimos”.

La historia no la cambian los incendiarios.

La cambian los que siembran después.

*Instituto de Ciencias Físicas, UNAM

Centro de Sistemas Complejos, UNAM

**Coautores del proyecto de colaboración digital

Imagen cortesía de los autores

La Jornada Morelos