La palabra “indígena” re-victimiza pues reproduce una denominación que indicó, en su momento original, una relación de dominio de los conquistadores sobre los habitantes de los pueblos americanos; por tal motivo, podemos comprender que es vehículo de la violencia que tuvo lugar en el encuentro de dos mundos.

Para una prueba de ello recordemos las palabras del jesuita Juan Ginés de Sepúlveda quien en su libro Democrates alter justificaba el dominio de los españoles sobre los indios, diciendo «perfectiores in deteriores imperium tenent.» De hecho, su visión acerca de los pueblos originarios era tan reductiva y violenta que llegaba a comentar que los españoles superaban por justo derecho a los bárbaros del nuevo mundo, en la misma medida que los hombres son superiores a los simios (… quam simiae prope dixerim ab hominibus).

Además, el término prolonga un equívoco, ya que etimológicamente hablando, indígena proviene del griego Ἰνδός-ου y γήνς-γήντις, que deriva al latín indus y genus (geno-is-ere-nui-gentum), palabras que en su composición se refieren a los habitantes del valle del indo. Recordemos la confusión que sufrieron los primeros navegantes que llegaron a nuestras costas, pensando que habían desembarcado en alguna de las costas de las indias.

Debemos considerar que la palabra indígena excluye, es decir, actúa como una marca que señala la diferencia entre los conquistadores y los conquistados, los somete y los subordina hacia ellos, se trata de un estigma lingüístico, un estigma del cual los habitantes de los pueblos originarios siguen siendo víctimas.

Por si fuera poco, la palabra invisibiliza, pues al referirse de manera general a pueblos indígenas oculta la identidad múltiple de los pueblos originarios y los engloba en una sola denominación que no les es propia, así su identidad violentada queda invisible detrás del vocablo «indígena». Pareciera que sus características son tan poco importantes que no cabe la posibilidad de un uso particular del lenguaje que se refiera a su identidad cultural e histórica.

El término además discrimina, ya que remarca la diferencia e inferioridad entre un gran grupo (indígenas) y aquellos que no lo son, o que pretenden dejar de serlo.

Decir indio es reproducir una condena, sobre todo si se toma en cuenta la historia del indigenismo en el siglo XX, contexto en el que la palabra adquiere otro perfil, el de la condena a la extinción. La autoridades del México independiente han buscado, por diversos medios la llamada mexicanización del indio, civilizarlo, lograr que adopte las formas y las costumbres de las ciudades, así como el uso del idioma español como paradigma nacional.

Finalmente, la palabra reproduce un estereotipo, que configura a quien se refiere como inferior, no civilizado, propio del campo y pobre.

Frente a esto, la UNESCO recomienda el uso de la denominación general de pueblos originarios y, que de manera particular, se distinga la identidad propia de cada lengua, por ejemplo, lengua nahua, lengua quechua, lengua aymara, lengua tu’un saa’vi, batsil c’op.

El camino es largo y el gobierno debe comprender el fondo de esta problemática de la nominalización incorrecta, por la violencia que implica, sobre todo cuando algunas de las instituciones más importantes en la materia todavía contienen la denominación, por ejemplo el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas.

*Nahuatlato, Profesor del Colegio de Morelos.

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La Jornada Morelos