

Haces como si leyeras pero miras de reojo la mano de la muchacha posándose despreocupadamente sobre la nalga de su amiga. Haces como si limpiaras el canto de un libro cuando ni por un segundo has dejado de pensar en el melodioso escote de la de Correos. Los muchachos lectores de Luis Zapata se resisten a abandonar el short primaveral y con sus tersos culos empinados aguardan la embestida del invierno. La cantante de tangos en minifalda pasa rumbo a la cantina lanzándote un beso a la distancia y es casi ofensivo, casi la cuchillada del desprecio cuando el pianista… Caballero solo: han dado las dos de la tarde inmoral, y ellos (¡tú no!) se acarician, se besan, fajan, “y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban,/ y los animales fornican directamente,/ y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas,/ y los primos juegan extrañamente con sus primas/ y…” Calma, primo, calma: simplemente te hayas en mitad del proceso gozoso mas también súperdoloroso conocido como nerudeo de abstinencia, extendido padecimiento producto de la carencia cotidiana de pescado. Las oportunidades desperdiciadas ahora te pesan. ¿Hacia cuál ámbito de este pueblo quieto caminó la muchacha de pezones teledirigidos, sobaco frondoso y gorra de los Tomateros de Culiacán quien aquella tarde arribó a esta su innombrable librería y se abrió paso como dómina-patrona-totalmente-al-mando-de-la-situación en búsqueda de un libro de Inés Arredondo y de soslayo, como por casualidad, dejó caer los dígitos de su teléfono, mismos que, viejo tecnofóbico, anotaste en un papelito ahora enterrado quién sabe dónde? ¿O las hermanitas de Cuautla que preguntaban por Sociología de la vida cotidiana y al ver que cual santo lo extraías de una repisa devinieron boquiabiertas e ipso facto invitaron mezcal esa misma tarde, cita a la cual no acudiste vaya el diablo a saber por qué aunque tú seguro bien sabes por qué? Bueno, gallo: si continúa usted así es lógico que tienda al nerudeo de abstinencia como postrero tic nervioso, meteco encorvado, pequeño empleado, onanista, deshabitado, pacolmo: presumido, “y un gong de muerte/ golpea en torno mío como el mar”: ahí tiene su pobre cosecha. En el fondo te gusta. En el fondo hallas elástico placer en andar por ahí pálido con tus “ojos de invierno, durante cada día de este mundo” privándote de palpar lo pringoso del hondo bajo fondo entrado en carne y partos y divorcios y uñas y zapatos y sufrir, sufrir a gusto prolongando el celibato infernal sin sosiego al ver pasar a los “adúlteros, que se aman con verdadero amor/ sobre lechos altos y largos como embarcaciones”. Neruda el Funao Bacalao entonces se ríe de ti y de este texto completamente irritable y ahí sigues y quizá quieras ver en cada humana figura o en cada árbol o en cada muro a una Catherine Millet cualquiera que te diga te susurre te zarandee con lo que sólo a ella le gustaría, “la tiniebla absoluta, a causa del placer que me produciría ser engullida por una capa de carne indistinta”, y es un poco chocante pero muy revelador de tu parte que este último tiempo, tipejo de choya entrecana, te haya dado ya no por nerudear sino hasta por vallejear y aún más por trilcear la abstinencia, cosa rayana en lo patológico, impotencia maleva, primo: ten cuidado con el grupo dicotiledón (oberturan), mejor desanda ese camino porque “Pienso en tu sexo” es bastante más violento, perfectamente más funable, “surco más prolífico y armonioso que el vientre de la Sombra”, y ahí mejor te ves, ahí mejor ya lo dejas, “El sexo sangre de la amada que se queja/ dulzorada, de portar tánto/ por tan ridículo punto”, y sí, y sí, ahí viene otra vez ella, primo, quién sino ella, la luna de diciembre, y los libros que también se humedecen bajo su influjo, y tú ya no sabes cómo mirarla, cómo tocarla, cómo leerla, y es hora de partir, oh abandonado.

Foto: Paco Moreno / cortesía del autor
