

Cuando una voz se vuelve muchas
Paola Méndez*
Todo en el mundo tiene ritmo. Así como los latidos del corazón que nos guían cuando estamos en alegría o tristeza, así el mundo cuando sopla el viento, o cuando llueve, sea apenas una brizna o un aguacero con granizo. El ritmo es parte de nuestra existencia, de nuestra respiración, nuestro lenguaje y, por tanto, de nuestra colectividad. Pero ese ritmo no es igual en todas partes. El ritmo también se aprende, se hereda, se comparte. Es una expresión cultural y social que nos atraviesa y que, en el canto coral, se vuelve experiencia colectiva.
En el Centro Cultural Infantil La Vecindad existe un proyecto que ha habitado como un lindo murmullo entre sus muros desde hace ya 35 años: el Coro de Niños Cantores de Morelos. Fundado y sostenido con amor, disciplina y una profunda vocación musical por el maestro Pablo Puente y la maestra Ana Gloria Bastida, este coro es más que un espacio de formación artística: un lugar donde niñas, niños y adolescentes aprenden a cantar, sí, pero también a escuchar, a compartir, a confiar en su voz y en la del otro.
En el tiempo que he tenido la fortuna de acompañar —aunque quizá no tan de cerca como desearía— a este proyecto, he confirmado algo que ya intuía: en La Vecindad habitan personas soñadoras de todas las edades, que creen en el arte como un medio poderoso de transformación y que, al encontrarse, forman una red: una comunidad de raíces fuertes, de troncos gruesos, de ramas dispuestas a dar fruto. Una red donde cada quien aporta su semilla: tiempo, saberes, cuidado, escucha, respeto.
El pasado mes de junio, los Niños Cantores de Morelos participaron en el “V Festival Romano Picutti”, uno de los encuentros más importantes del país dedicados a la música coral infantil. A esta experiencia, un mes más tarde, se sumó su participación en el “Encuentro Internacional de Coros Contracanto”, donde compartieron escenario, ensayos y emociones con agrupaciones de otros países. Estos momentos no solo enriquecen su formación musical; son también encuentros profundos con otras voces y culturas, otros modos de soñar en colectivo.

Y es que cantar en coro es, en esencia, un acto comunitario. Un espacio donde se afina la escucha, se aprende a esperar, a sostener, a armonizar. Donde cada voz importa. Donde el error; se recoge, se acompaña y se transforma.
Por eso me emociona saber que en septiembre próximo, el proyecto abrirá una nueva etapa con la conformación del Coro Juvenil de Morelos. Un espacio que continúa la labor sembrada hace décadas y que responde a una necesidad vital: seguir soñando, cantando y creyendo que el arte puede abrir caminos, incluso en los contextos más complejos.
Los Niños Cantores de Morelos son más que un grupo de niñas y niños. Son un símbolo de esperanza, de constancia y de ternura. Una muestra viva de que, cuando hay comunidad y compromiso, los sueños no solo se persiguen: se afinan, se ensayan, se celebran. Como un jardín que canta, este coro florece con cada nota, con cada voz que se suma, con cada corazón que aprende a escuchar al otro.
* Directora General de Formación de las Artes y la Cultura


