Lectura y libertad

Ricardo Arce*

En algún momento mi vida fue gris, como en el cuento de Anthony Browne, Willy y la nube: un chimpancé que anda por la vida hasta que se encuentra con una nube que lo sigue a todos lados, incluso en los días soleados o dentro de su departamento. Mi vida se sentía así, con esa nube ingrata y traicionera que no se iba nunca. Hasta que encontré la promoción lectora.

Fue en el 2001, en Yecapixtla. Yo era el más joven. Y no fue fácil: traía muchos estigmas sobre la lectura, principalmente el etiquetarla como asunto de ñoños, de los que sacaban puro diez, de los que no se dejaban copiar y siempre exponían bonito. Y la verdad, yo no era de esos. Además, mis maestros eran fans de los libros más aburridos que encontraban en el estante, y pareciera que les encantaba balconear al que se equivocaba o leía raro en voz alta. Así que, para mí, la lectura… guácala.

Y en esos momentos grises, cuando dejaba la secundaria y pasaba a la prepa encontré una librería, una Rana Sabia en Cuautla. ¿Qué leí por primera vez? ¡Diablos!, creo que fue De perfil, de José Agustín, o tal vez no, quizá fue Dos crímenes, de Jorge Ibargüengoitia, una de esas, pero yo era pobre, pobre por mi alma y de los dineros. Entonces alguien me dijo que había una sala de lectura donde prestaban los libros (de mi experiencia en las bibliotecas un día de estos lo platicamos). Donde uno podía platicar y compartir y donde no se iban a burlar si leías feo. Era como tener nuevos amigos, y yo, lo que más quería era eso.

Romantizar la lectura no está mal si eso nos acerca a los libros con gusto, pero tampoco hay que idealizarla: no convierte a nadie en mejor persona por sí sola. Hay quienes leen mucho y aun así hacen daño; no es culpa de los libros, sino del uso que se les da. Aun así, vale la pena defender su fuerza: puede abrir caminos que no sabías que existían. Así fue para mí, en una sala con gente dispuesta a compartir su tiempo, a recibir extraños en su casa, a buscar un vecindario más amable, o simplemente, a disfrutar un buen rato.

Los mediadores de salas de lectura son personas voluntarias capacitadas para ser puentes, para ser facilitadores, para contagiar la lectura a otros. Y yo entré por esa puerta cuando tenía 17 años, porque eran días tristes, porque no tenía dios que me escuchara de frente y estuvo bien.

Después de un tiempo me volví mediador, recibí mi primer acervo de 100 libros y abrí mi espacio en el Centro Cultural el Callejón, un amigo hizo un mural, e hicimos una revista que se llamaba La Mancha. Me volví de esos ñoños que leen, pero estaba bien, porque yo quería ser Emil, en Demian, de Herman Hesse.

Actualmente existen 75 Salas de Lectura operando en el estado de Morelos. A lo largo de 25 años, desde que inició el programa, han pasado muchas: unas se han ido, otras han resistido, algunas más han renacido con nuevas formas. Lo valioso es que el modelo ha sido flexible, adaptable, vivo. Porque una Sala de Lectura no necesita paredes fijas ni estanterías de lujo: basta con alguien que quiera compartir un libro, un espacio donde quepa la escucha y las ganas de estar.

Así, han surgido salas en lugares poco convencionales: en mercados, entre el bullicio y los olores del mediodía; en tianguis, con mesas improvisadas entre los puestos; ambulantes, que van donde las personas están; en privadas, en panteones, en parques, en plazas. Lugares donde nadie esperaría encontrar libros… pero donde la lectura encuentra sentido.

A lo largo del tiempo se han capacitado nuevos mediadores, personas con historias diversas pero un mismo impulso: el deseo de acercar los libros a otros. Y cada año, a pesar de las muchas nubes grises —recortes, frialdades institucionales, desgaste, desánimo—, se siguen abriendo espacios. Son salas resilientes, tercas, resistentes, que se reinventan una y otra vez para llegar a todo tipo de públicos: niñas y niños, jóvenes, personas mayores, comunidades indígenas, personas en situación de movilidad o reclusión, lectoras de toda la vida y lectores recién iniciados.

Porque eso son las Salas de Lectura en Morelos: una red que respira con su gente, que no presume cifras sino afectos, que sobrevive por voluntad colectiva y por la fuerza de una idea simple pero poderosa: leer en comunidad también es una forma de cuidarnos. Son espacios que prestan oídos a quienes no sabían que tenían algo que decir, que abren libros como quien abre ventanas, que invitan a quedarse un rato, a conversar, a leer en voz alta sin miedo. No curan todo, pero acompañan. Y a veces, eso basta. Basta para que una nube se disipe, para que alguien se anime a leer su propia historia, o incluso a escribirla. Como me pasó a mí.

*Director General de Publicaciones y Fomento a la Lectura

de la Secretaría de Cultura de Morelos

La Jornada Morelos