

¿Para qué sirve una feria de libro?
Ricardo Arce*
Momo sabía escuchar de tal modo que a los confundidos se les aclaraban las ideas, a los indecisos se les volvía fácil decidir, y los tristes recobraban la alegría.
—Michael Ende, Momo
Este año, la Secretaría de Cultura del Estado de Morelos ha realizado tres ferias del libro importantes: la Feria del Libro Morelos (durante el mes de marzo en Cuernavaca), feria dedicada a la mujer indígena y a las mujeres en la lucha social; la Feria del Libro Independiente, La Universal (en el mes de julio); y la FLIMO, Feria Nacional del Libro Infantil y Juvenil Morelos (en octubre, en Anenecuilco y Cuernavaca).
No inventamos estas ferias; ya existían desde administraciones anteriores. Pero es verdad que se han retomado como una prioridad para este sexenio y parte fundamental de los ejes prioritarios para el desarrollo cultural del estado. Pero, ¿para qué sirve tener este tipo de actividades? Y, ¿por qué tres y no una sola?

Empezaré con un punto que parece de simple lógica: el libre acceso a la literatura y todo lo que ello implica. Poder leer un libro disponible, presto para su lectura, y compartir con él una experiencia abre la puerta a múltiples manifestaciones: desde la lectura solitaria hasta la conferencia magistral; desde el préstamo en una biblioteca hasta la compra en una librería. Acciones como esas crean ejercicios de interacción con la población, una nueva relación con el espacio público y con las actividades artísticas enfocadas en el fomento a la lectura.
Fomentar la lectura no es solo distribuir libros ni organizar presentaciones. Puede parecer cursi decir que son caminos de encuentro, que crean puentes entre la palabra y la vida cotidiana. Pero va un poco más allá, en un sentido más humano. Como lo dice Michèle Petit, la lectura se entiende como un espacio de refugio, imaginación y reconstrucción personal, sobre todo en contextos de fragilidad o desigualdad. Ella afirma que leer permite a las personas reconstruir su mundo interior y hallar sentido en medio de las rupturas o violencias cotidianas. Entonces, acercar los libros es también acompañar procesos humanos. Y sí, también se forman ciudadanos críticos, sensibles y se fomenta el pensamiento reflexivo.
Y todo eso no lo logra por sí sola una feria del libro, pero ayuda mucho. Nos permite llegar a otros públicos, sacar las librerías y bibliotecas a la calle, invitar a escritoras, escritores, investigadores y lectores a encontrarse en espacios públicos. Para el transeúnte que tiene un momento libre y se topa con una carpa instalada en pleno zócalo de su localidad, el encuentro con editoriales, narradores orales y estands de lectura y venta puede convertirse en una experiencia inesperada, cercana y viva.
¿Pero para qué tres? Vaya, es necesario que cada espacio tenga su propio lugar, su propio acercamiento, su propio público lector. Esto permite diversificar la circulación de la palabra escrita, descentralizar la oferta cultural y evitar la concentración de oportunidades en un solo evento. Así, una feria infantil se construye desde la mediación; una feria independiente, desde la búsqueda de nuevas voces y otras alternativas; y una feria estatal, desde la institucionalidad y el diálogo social amplio.
Michèle Petit y Daniel Goldin coinciden en que los espacios de lectura no son solo lugares de acceso, sino de mediación simbólica y afectiva. Cada contexto lector requiere su propio tono, ritmo y estética para generar identificación —incluso en la imagen, la comunicación o la curaduría de la programación—. No se trata de que en una feria estatal no haya actividades para las infancias, o viceversa, sino de que cada una tiene un enfoque global distinto, una manera particular de construir comunidad lectora. Contar con varios espacios culturales, en distintas regiones o con diferentes perspectivas, fortalece la red cultural del estado y genera continuidad, en lugar de depender de eventos aislados.
En esa diversidad está la riqueza: no se trata de sumar ferias por cantidad, sino de entender que cada una responde a un público, a un territorio y a una sensibilidad distinta. La lectura no se impone, se comparte; y para compartirla se necesitan múltiples puertas de entrada. Tres ferias significan tres maneras de encontrarse con los libros, de mirar al otro y de reafirmar que la cultura, cuando es viva y diversa, se sostiene en comunidad.
Y más allá de un número de asistencia que podría parecer optimista, o de un registro de ventas que podría sonar melancólico, las mediciones de lectura deberían mirar hacia otro lado: hacia esa oportunidad que tienen las familias de compartir un mismo relato, de escucharse, de reconocerse en la voz del otro. Porque, al final, la literatura no se mide en cifras, sino en los gestos pequeños de empatía que logra despertar.
*Director general de publicaciones y fomento a la lectura
de la Secretaría de Cultura del Estado de Morelos

