

Omar Alcántara Islas*
En días próximos se cumplirán 150 años del nacimiento del poeta Rainer Maria Rilke (Praga 1975 – Francia 1926), para muchos el poeta más importante en lengua alemana del siglo XX. Por supuesto, habrá quienes prefieran a Paul Celan, Gottfried Benn, Bertold Brecht, a la poeta Ingeborg Bachmann o a cualquier otro, eso es lo de menos. A Rilke lo conocí por su novela Los apuntes (o cuadernos) de Malte Laurids Brigge publicada en 1910. En esta se relata la historia de un joven poeta (Malte) recién llegado a París, quien expresa azoro ante la ubicuidad de la muerte en una ciudad que, en aquella época, era la aspiración de casi todos los artistas. Y es en la muerte, uno de los grandes temas del autor, donde me quiero detener.
La muerte, frente a la cual no hay sabiduría ni preparación posible, pues siempre nos rebasa, racional y emocionalmente, su acontecimiento; la muerte de los otros, mejor dicho, la propia muerte sería una reintegración del ser. O como expresará Rilke en el texto mencionado, pareciera que cada madre en el mundo da a luz no solo a un ser, sino también a un no-ser; es decir, una muerte con la que cada quien se relaciona como puede, como si esta, más que ser una experiencia que llegara de fuera, creciera como una misteriosa planta dentro de nosotros, hasta que, de repente, brota como una extraña flor.
Mucha de la poesía de Rilke consiste en otorgar plasticidad, o forma sensible, a experiencias que suelen ser más bien inasibles. Sus críticos llegaron a hablar del poema-cosa en algún momento de su producción. Y la novela antes aludida, además de ser un texto imprescindible para los aspirantes a poeta –acaso más que las Cartas a un joven poeta del mismo autor– es, entre otras cosas, un catálogo de muertes cercanas al personaje. Para cuando Rilke escribe su Malte se encuentra a mitad del camino de su vida creativa. Todavía vendrán sus poemarios más importantes: las Elegías del Duino (un lugar en Italia) y los Sonetos a Orfeo –personaje mitológico a quien se le atribuye el poder de amansar a las fieras con su música y cuya tragedia consiste en haber perdido a su amada dos veces en el inframundo–, ambos de 1923.
En esas últimas obras está la cumbre de la poesía de Rilke. En ellas están los temas que le son esenciales: la muerte, el amor, la niñez, la poesía misma. Sin embargo, suele decirse que poesía es lo que se pierde en la traducción (pero es más lo que se gana, a pesar de todo, agregaría José Emilio Pacheco); eso lo sabía Juan Rulfo quien hizo sus propias versiones de las Elegías. Por fortuna, además de contar con los textos traducidos al español de la obra de Rilke, tenemos diversas herramientas audiovisuales, incluso interactivas (IA), para acercarnos al sonido original de esos poemas. Pero el primer encuentro con el poeta puede realizarse mediante los textos en prosa mencionados más arriba.
El filósofo Martin Heidegger, quien dedica un ensayo a Rilke, se hará famoso por sistematizar, en 1927, en su libro Ser y tiempo, la idea de que la muerte provoca en nosotros una vida auténtica y significativa o, simplemente, podemos hacernos guajes –como decimos coloquialmente– actuando como si esta no estuviera ahí. Pero ni en esta filosofía, ni en la poesía de Rilke, hay que entender la muerte como una mala experiencia, sino como una manera de iluminar la propia vida. Escribe el poeta (en una traducción muy libre) en sus Sonetos a Orfeo: «Existe y conoce la condición del no existir –el fondo infinito de tu íntima vibración– para que vivas, con plenitud, esta única vez» (II, 13).

Ese es el recordatorio: sin muerte no hay vida, es la otra cara de la moneda, vivimos porque morimos. El antropólogo Lluís Duch define al hombre como el ser que necesita consuelo. Y para eso (y no sólo para eso) sirve el arte y la poesía, para consolarnos frente a la terrible verdad de nuestra caducidad que tratamos de asimilar diariamente. Y el poeta, como Rilke, además, transforma ese consuelo en una melodía única y duradera.
*Maestro en letras alemanas

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