

Para Sary y Héctor
*Omar Alcántara Islas
La muerte de las personas que amamos es una experiencia terrible y dolorosa en la vida, y cada uno de nosotros, cada una de nosotras, pertenece a un tejido que empieza por lo familiar y se extiende a lo social. Por eso, sin importar de quién se trate, una muerte violenta siempre afecta al conjunto de lo que somos como nación, así sea de manera ínfima; por lo tanto, mi primer deseo, ante esa muerte simbólica e indolora que es el final de un año, frente al nacimiento del nuevo, es que el número de muertes a causa de la violencia –por extensión, la violencia que va más allá de la legítima para proteger nuestra integridad– siga disminuyendo en este país.
Al decir lo anterior, se desea lo mismo en todas partes, máxime, en tiempos de la violencia teledirigida, donde los impunes matones del gran capital –no hubiera guerras sin esa participación– exterminan gente por racimos, como si esas vidas fueran solo gráficos de videojuegos para esos infames que ostentan el mayor poder económico, político y militar. Por eso, mi deseo es que salvemos a las democracias de estas oligarquías. En un asunto que, cada vez, se vuelve más transnacional, es necesario que organicemos un movimiento internacional que ponga un límite a esos criminales de saco y corbata.
Se nos atragantan las uvas por el descaro con el que actúan estos asesinos. Por eso, mi siguiente deseo es que los asuntos mundiales y la violencia en nuestros municipios nos ocupen menos, a lo largo del año, que el poder alimentarnos con calma y de forma sana. Que sigamos evitando el consumo de carne y grasas malas, tomemos más agua y casi nada de refresco y que no falte, precisamente, el agua en nuestras casas. Sin salud no hay tiempo que valga. Hagamos ejercicio, basta media hora diaria. De repente, se acumulan y enredan las peticiones con los consejos.
Además de lo anterior, creo, junto con muchos y muchas, que la gran esperanza para el futuro y lo que nos puede salvar como humanidad es el arte y la educación. El ambicioso deseo es que el fomento de las artes, las humanidades y los saberes científicos –sin olvidar los tradicionales– lleguen con gradualidad a más personas y con más profundidad. Quien dedica su vida al arte no la puede dedicar a la violencia, eso es antagónico; hay artistas que son ultras de izquierda o de derecha, pero no suele haber artistas homicidas –a menos que eso ocurra en una ficción artística–. El arte es la herramienta que nos ayuda a develar quiénes somos en esta vida llena de asombros, estupefacciones y preguntas. Que la educación que sigamos impartiendo estimule la pregunta misma, el pensamiento crítico y evite las respuestas fáciles, menos aún las viscerales.

En un mundo donde ya no es necesario conocer a fondo un tema para opinar con el mayor desparpajo sobre este, sin profundizar en el hecho de que esa misma opinión vacía se replique como un virus, es un anhelo que la educación despierte la mayor cantidad de mentes, que pensemos por nosotros mismos y sepamos escuchar las palabras lúcidas, aunque no sean de nuestro equipo, partido o congregación. El desear la paz mundial suena siempre estúpido, porque sólo un imbécil no desearía la paz para todos y todas en todo el planeta.
Finalmente, que haya buenos libros y buenas películas, esto es, obras que creen la ilusión de la originalidad, que sean disruptivas, que nos emocionen, alegren o sacudan, que nos hagan pensar y sentir a profundidad para que se queden con nosotros muchos días, o meses o todo el año –y que a veces leamos o veamos algo por el puro placer de evadirnos un rato–. Por último, deseo que los temblores nos sigan asustando pero que no nos causen daño. Y larga vida a nuestros animales de compañía.
No sé si fueron doce los deseos, pero quise decir doce, porque más allá de sus significados religiosos y mitológicos, son doce los meses del año y doce los pasos de los grupos anónimos que cambiaron un día a la vez, para bien, las vidas de mi padre y de mi madre, a quienes dedico este texto.
*Doctor en letras

