

En su libro La risa (1900), el filósofo francés Henri Bergson intenta esclarecer lo que nos hace reír a quienes, tal vez, somos la única especie conocida con esta capacidad. Dice que reímos cuando una persona adquiere aspectos que ya no pertenecen por completo a lo humano, por ejemplo, cuando entra en acción lo mecánico –recordemos a Chaplin apretando tuercas en Tiempos modernos–, cuando algo se vuelve rígido –quizá el impasible rostro de Buster Keaton– o cuando eso humano se vuelve robótico, y aquí entra en acción el personaje de Sheldon Cooper, heredero de los dos mencionados.
Sheldon, además de ser un androide llegado de otro planeta, tiene una capacidad camaleónica para ser cualquier cosa. Pero él sólo es uno de cuatro hombres adultos que hacen reír porque se comportan como niños. Cuando debaten, pelean o experimentan, es ver a cuatro infantes jugando. Así, la serie rebasa la teoría de Bergson y agrega mucho más a los motivos por los cuales nos reímos.
Nos da risa ver a adultos comportarse como niños –recordemos la popularidad de El chavo del 8 en Hispanoamérica–. Y en The Big Bang Theory (TBBT), tal es el título en inglés, se trata de adultos que son doctores en física (y un astronauta) –donde destaca el genio de Sheldon, para quien ningún otro conocimiento que no sea el científico vale la pena–, que desconocen las reglas básicas del comportamiento social. Por eso, el gran acierto de la serie, y para algunos la gran explosión, es la incursión del personaje Penny en sus vidas.
Una mujer que no participa en su mundo intelectual y que sin entender nada de física superior es tan inteligente como cualquiera de ellos. Aunque hay algo más, no sólo es perspicaz y graciosa, sino que ella sí conoce el mundo de los adultos, es decir, también sabe –pese a un par de tropezones como cualquiera– qué es eso que algunos llaman inteligencia emocional, ¿cómo, entonces, el apocado Leonard podrá acercarse a ella, enamorado como está? Leonard, el compañero de vivienda (o roomie) de Sheldon, no sólo es el contrapeso de este último, sino que juntos forman una de las parejas más memorables de la comedia estadounidense.
TBBT nos cuenta el risible desarrollo adolescente de cuatro personajes –los otros dos son Rajesh y Howard– que nunca abandonarán su mundo geek: los cómics, la ciencia ficción y los videojuegos. De manera autoasumida y orgullosa, estos nerds encontrarán a su contraparte femenina. Y ellas cobrarán protagonismo hasta que la serie irá perdiendo eficacia, no por ellas, claro está, al contrario, Bernadette y Amy son indispensables, sino, quizá, porque no deja de ser conservadora; aunque en el tema de parejas, el bromance –palabra en inglés, mezcla de brother y romance, que aquí entendemos como compuesta de «broma» y «romance»– entre Howard y Raj es de lo más chistoso.
A lo largo de sus doce temporadas (2007-2019), las situaciones cómicas y alusiones a la cultura audiovisual estadounidense son interminables. Por ejemplo, Howard (casi un homenaje a Woody Allen) y Bernadette crearán una pareja similar a la de Peggy y la rana René. Amén de otros personajes accidentales: la voz de la mamá de Howard, la devota madre cristiana de Sheldon, etc. Estos personajes se han convertido para muchos en nuestros gringos favoritos de toda la vida. Uno comprende, entonces, que los Estados Unidos (y el mundo) merecerían un mejor destino que esos niños enojados y envidiosos que lo gobiernan. Pero en otra ocasión hablaremos de lo que significa lo anterior.

En conclusión, la serie es una invitación a seguir disfrutando de la niñez, la adolescencia, la ingenuidad, el asombro, la curiosidad y la risa; sobre todo la risa, que siempre es transgresora porque estimula el pensamiento. Quizá la gran explosión, donde comienza de nuevo nuestro mundo, es la carcajada. Y sabemos que la risa nunca les ha gustado a los fascistas: razón de más para reír (y pensar) con esta serie.
*Doctor en literatura comparada

Imagen: Warner

