Desde hace ya bastante tiempo en el tablero global, las guerras se han convertido en simples cifras y las víctimas se diluyen entre los titulares que se olvidan tan pronto como llegan. Pero hay tragedias que no pueden ni deben pasar inadvertidas, ya sea por distancia o por saturación mediática. La situación en países como Palestina o Sudán exige que sigamos levantemos la voz, no solo por compasión, sino por coherencia ética. No se trata de elegir una causa, sino de entender que ambas, una marcada por el colonialismo sionista persistente, la otra por la descomposición interna de un Estado fallido, revelan el mismo síntoma, es decir, la indiferencia internacional ante el sufrimiento de miles de personas, la mayoría de ellos inocentes.

En Gaza, el llamado alto al fuego se ha convertido en un espejismo, más bien, una farsa. Israel ha roto reiteradamente la tregua, bajo el argumento de operaciones “defensivas” que en los hechos se traducen en nuevos bombardeos y el número de palestinos muertos sigue en aumento. Lo anterior sin ninguna consecuencia internacional para el gobierno de Netanyahu. Según informes de prensa en 60 días Israel ha cometido más de 700 violaciones al alto el fuego, matando al menos a 377 personas y 987 heridos. Cada ruptura del alto al fuego reafirma la asimetría del conflicto y la impunidad con que se actúa frente a una comunidad internacional que observa, con complicidad, la paz se ha convertido en un concepto sin contenido.

Nada de esto es nuevo, en Palestina la violencia no cesa, solo muta. Las treguas diplomáticas sin garantías ni supervisión son apenas suspiros interrumpidos por nuevos bombardeos. Y mientras los gobiernos emiten comunicados y convocan a conferencias de prensa, los hospitales siguen colapsando, los niños siguen muriendo de hambre o bajo los escombros, y la población civil es castigada colectivamente en nombre de una supuesta seguridad. La paz, en este contexto, no puede seguir entendiéndose como la ausencia de disparos, sino como la presencia efectiva de justicia.

El derecho internacional pierde sentido cuando no se aplica con el mismo rigor a todas las partes. La impunidad es el combustible de la guerra. Y lo que hoy ocurre en Gaza y en la Cisjordania ocupada no solo desnuda la ineficacia de los organismos multilaterales, sino también la hipocresía de los discursos humanitarios de las potencias que, mientras condenan y sancionan con una mano a otros países (Rusia, Cuba o Venezuela), con la otra financian y de manera silenciosa aprueban la continuidad de la ofensiva militar de Israel. Mantener la atención sobre Palestina es una forma de resistencia moral y política, no permitir que el olvido se imponga como política de Estado.

Pero Gaza y Cisjordania no son el único rostro del sufrimiento. Olvidado casi por todos los medios del mundo, Sudán se encuentra sumido en una cruda guerra interna generando una de las crisis humanitarias más graves del presente. El enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido ha dejado miles de muertos, como la masacre de El Fasher, donde se calculan más de 2500 muertos en refugios, hospitales y viviendas y cerca de 500 heridos, la mayoría de estos civiles, organismos internacionales los han calificado como un genocidio y una limpieza étnica. Además de las terribles muertes de mujeres, niños y ancianos, también hay miles de desplazados y comunidades enteras al borde de la hambruna. Regiones como Darfur y Nuba viven hoy en una catástrofe humanitaria con hospitales saqueados, alimentos bloqueados y civiles utilizados como escudos humanos. Según agencias de la ONU, la situación ya amenaza con convertirse en la peor crisis alimentaria del mundo. Pero solo queda en eso, comunicados y señalamientos sin que nadie intervenga.

Sin embargo, Sudán no ocupa los titulares con la misma intensidad. Su tragedia compite, sin éxito, por un lugar en la agenda global. Es el precio de ser un país sin poder estratégico, sin recursos que interesen a los grandes actores del sistema internacional (pese a tener una de las más grandes reservas de oro en el planeta explotada por los Emiratos Árabes Unidos). Pero esa indiferencia también es política, el silencio es una forma de complicidad. Y lo que sucede en Sudán no es tan distinto a lo que ocurre en Gaza donde poblaciones civiles quedan atrapadas en conflictos que otros deciden, en guerras donde las víctimas no tienen voz ni derecho al duelo.

Ambos conflictos nos interpelan como humanidad. No se trata solo de denunciar los bombardeos o exigir ayuda humanitaria; se trata de repensar el modelo de mundo que hemos normalizado, un orden en el que la vida vale distinto según el pasaporte, el color de piel o el interés económico. Desde México y América Latina, mirar hacia otro lado sería repetir el error de las potencias que callan. Nuestra tradición de solidaridad, nacida de los pueblos y no de los despachos, debe recordarnos que ninguna paz es posible si la justicia se concede selectivamente. Palestina y Sudán son, hoy, un espejo del fracaso moral de nuestro tiempo. No podemos guardar silencio. Porque callar, en medio del horror, también es una forma de guerra.

Gaza. Foto: ONU

  1. * Historiador

H. Alexander Mejía García