Comenzar por el principio

Felipe Garrido

Leer y escribir: la base de la educación

Una de las primeras tareas que emprendió Ernesto Zedillo en 1992, cuando se hizo cargo de la SEP, fue consultar a diversos personajes de los ámbitos educativo y cultural sobre qué podía hacerse para mejorar el nivel de la educación pública. La respuesta del eminente filólogo Antonio Alatorre fue la siguiente:

Me eduqué en una escuela porfiriana completamente laica y extraordinariamente eficaz, como pude comprobarlo al seguir mi educación aquí en México. Mis compañeros, de distintos estados de la República, no habían tenido una primaria tan buena como la mía.

Ninguno había estudiado álgebra; ninguno sabía solfear; no tenían, ni de lejos, mis conocimientos de gramática, mi práctica en la lectura y en la escritura ni mi buena ortografía. Si esto me lo dio la escuela de un pueblo perdido en el mapa, que ni siquiera tenía carretera a Guadalajara, la solución de los problemas era fácil: bastaba imitar al Autlán de aquellos años y ponerles a los muchachos unos profesores tan buenos, tan conscientes de su papel, como la señorita Cuca y la señorita Magdalena, y al frente de cada escuela una directora como María Mares.

En mi casa, en Autlán, había libros que mis hermanos y yo leíamos, por ejemplo, Genoveva de Brabante, Robinson Crusoe y la María de Jorge Isaacs. Pero fue la escuela la que más me sirvió. La primera hora, todos los días, era la de lectura en voz alta; y dos o tres veces por semana escribíamos algo, a veces sobre un tema señalado por la maestra, y a veces con tema libre (que era lo que más nos gustaba).

Yo salí de Autlán a los doce años, y un día, años después, se me ocurrió hacer una lista de los libros que leí entonces, y recordé como trescientos títulos. Un caso como el mío (o como el de Juan José Arreola) era muy posible. Hoy es inimaginable.

Aquellas señoritas Cuca y Magdalena, aquella directora María Mares con quienes estudió Alatorre, ¿de dónde sacaron todo eso que sabían y que transmitieron a sus alumnos? ¿En dónde aprendió Alatorre la infinidad de cosas que llegó a saber?

La respuesta está dada en las líneas que acabo de citar. Lo aprendieron leyendo.

Lo aprendieron en Genoveva de Brabante y Robinson Crusoe y la María, de Jorge Isaacs, y en esos otros trescientos títulos que Alatorre no detalla, más los cientos o miles de libros que Antonio y sus maestras continuaron leyendo a lo largo de sus vidas, incluidos, por supuesto, los libros de texto, los rigurosamente escolares —bien leídos; no para meramente pasar los exámenes, sino para aprender.

La solución de nuestros problemas educativos, como dice Alatorre, es sencilla: está en la lectura y la escritura. Lo que necesitamos son profesoras y profesores lectores, acicateados por una insaciable ansia de saber… Por supuesto hay quienes la tienen, pero haría falta que fueran todos.

Necesitamos, con urgencia, maestros que sean lectores capaces de escribir, pues la lectura y la escritura ofrecen la mejor oportunidad que tiene una persona para acumular experiencias, conocimientos y preguntas.

Es evidente que los profesores leen y escriben todos los días. La tarea de enseñar se los exige. Pero hay que distinguir esa lectura y esa escritura utilitarias, de esa otra forma de leer y de escribir que ya no tiene que ver sólo con las obligaciones laborales, sino que nos permite crecer en nuestras capacidades intelectuales, afectivas, emocionales.

Lecturas y escrituras cada vez más complejas, más exigentes, más avanzadas.

México sigue siendo un país mayoritariamente no lector. Llegamos a la mitad del siglo XX con más de la mitad de la población incapaz de leer y escribir. Las engañosas campañas de alfabetización han sido un consuelo tramposo.

Una cosa es saber leer y escribir. Otra, distinta, aunque presuponga la anterior, es ser un lector. Por supuesto un lector también hace lecturas utilitarias —para informarse— todos los días, pero, además de eso, un lector dedica todos los días de su vida un espacio de su tiempo a leer por el mero gusto de hacerlo y eso hace más amplia su concepción del mundo.

Hay otras diferencias que ahora no examinaré. Voy a detenerme sólo en una, que me parece la más importante: mientras leemos con propósitos utilitarios podemos mantener el umbral de comprensión en niveles relativa o escandalosamente bajos. Cuando leemos por placer, entender se vuelve imprescindible. Un lector aprende pronto que sin comprensión no hay lectura.

Hubo un gran avance entre 1980 y 2000, que redujo el analfabetismo a 9.5% de la población y aumentó de manera notable el número de lectores.

De 2001 en adelante hemos ido perdiendo, en forma cada vez más acelerada, lo que habíamos ganado en aquellos veinte años. ¿Cómo está sucediendo esta catástrofe? Voy a tratar de explicarlo a partir de la semana próxima.

Antonio Alatorre. Foto: Cortesía

LA JORNADA MORELOS