A / El hombre perfecto

Una vez, en sus correrías por otros mares, el marinero ilustrado pidió al cielo que le mostrara un hombre que fuera santo en su alma entera; es decir, en cada fibra de su cuerpo.

Entonces soñó que se había quedado dormido y que al recordar del sueño estaba solo en el barco. Comenzó a descender por un laberinto de escaleras, y mientras bajaba una frescura suavísima, un perfume de naranjos lo envolvían; siguió bajando hasta una gran sala que jamás había visto. Allí había un hombre santo en cada fibra de su cuerpo, es decir, en su alma, y era todo de fuego.

—Cuando lo miré —dicen que contaba luego el marinero, y bajaba la voz para que le creyeran—, supe que estaba fuera de este mundo. Su corazón latía tan fuerte que pude escucharlo. La cara le ardía como una brasa. Cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando comenzó a temblar y dijo con voz clara, ajena y poderosa: «Cuando mi espíritu busca al Ser dejo que hable mi boca. Sus palabras no me pertenecen».

B/ Preguntas

Con el tiempo, la fama del marinero comenzó a corroerle el hígado al presidente municipal de San Miguel de Afuera, que era un muchacho fullero y poco avisado, de ojos soñadores y largas pestañas; pasaba el tiempo peinándose en público porque tenía por su mayor orgullo que nunca, jamás, por ningún motivo, saliera de su lugar ninguno de sus cabellos.

Una mañana, varios hombres y mujeres, deseosos de congraciarse con el Bien Peinado, como le decían, fueron a ver al marinero ilustrado con intención de ponerlo en ridícu1o. Acompañados por dos reporteros de La Voz de la Costa, un fotógrafo y una muchacha que trabajaba para una estación de radio, llegaron a la cantina, entraron con tumulto, rodearon la mesa del marinero, a quien acababan de ahorcarle la mula de cuatros, y sin previo aviso uno de los reporteros le pregunto:

—¿Quién es el peor de los hombres?

—El que se cree bueno —contestó el marinero sin alzar la vista.

—¿Quién habla, quiero decir… quién se expresa, digo, quien hace uso de la palabra, del verbo… como se debe, quiero decir..? —le preguntó la muchacha de la radio y le acercó una grabadora.

—El que usa pocas palabras y no se repite —le dijo el marinero, que tenía ya solamente tres fichas, pero sabía que una de ellas estaba ahorcada.

—¿Qué necesitan todos los hombres?

—Buena suerte —dijo el marinero mientras se esforzaba por encontrar una salida para el juego.

—¿Qué es lo que nadie debe decir, aunque sea verdad?

—Que es mejor que los demás.

—¿Cómo puede vengarse un hombre de sus enemigos?

—Haciendo crecer su propia fama.

—¿Qué es peor que un enemigo sabio?

—Un amigo idiota.

—¿Por qué no te quiere el presidente municipal? —le preguntó Ramón el Cojo, interesado en el juego y fastidiado por el interrogatorio.

—Porque no puede querer a nadie que valga más que él —dijo el marinero sin darle importancia y, con un manotazo puso en la mesa el tres-seis, cerró el juego y se apuntó el triunfo.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido