

Crítica, crisis y visitas de estudio
María Olivera*
Hay temporadas (largas y continuas a veces) en que la palabra crisis está más presente en el contexto de las artes que en otras. Hoy quisiera acercarme a la idea de crisis en la crítica de arte en México porque es una discusión que ha estado en boga desde que tengo memoria –histórica y no sólo personal–. “La crítica de arte en México ha muerto”, es una frase que más se ha repetido en distintas situaciones, como si algo se hubiera roto –o al menos se hubiera transformado– en la manera en la que se escribe, se lee y se comparte la crítica de arte contemporáneo. No es algo nuevo, desde los noventa se hablaba de esa sensación porque pasamos de la reseña periodística a los fanzines hechos por artistas (donde, en mi opinión, radican algunos de los mejores textos críticos de arte contemporáneo), a las discusiones en redes sociales. Hoy la crítica tiene que contextualizarse: los espacios para escribir se reducen, los medios especializados desaparecen o se diluyen, y quienes antes leían y dialogaban con estos textos buscan otras formas de interacción.
En México, las escuelas de crítica están en constante transformación porque de origen son prácticas híbridas. Quienes nos acercamos a la escritura lo hacemos pidiendo prestados referentes de otros territorios: lecturas, prácticas, intuiciones y conversaciones; además, somos agentes que, por lo general, venimos de otros ámbitos como la historia del arte, la filosofía, la literatura, la educación o la gestión cultural. Nos encontramos ahí, en el borde. Luego entonces, ¿desde dónde se piensa la crisis de la crítica? ¿Desde su estructura metodológica o desde lo que ocurre alrededor: los vínculos, los procesos, los silencios, el ecosistema que hace posible –o no– que un texto crítico circule?
Hace años, Xavier Moyssén escribió que la crítica en México se había preocupado por tres cosas: enriquecer la escena artística, cuestionar las políticas culturales del Estado y procurar la formación de públicos. Quizá esa tríada sigue vigente, pero también considero que hay algo más, algo que escapa a la función y entra en el terreno de lo sensible, es decir, en la posibilidad de mirar de cerca los procesos, de escuchar a quienes hacen arte, de entender dónde surge una obra y qué queda en el camino antes de llegar a los espacios de exhibición. Por esto me interesa pensar en las visitas de estudio como una herramienta crítica. No como un formato rígido, sino como una posibilidad de estar ahí, en el espacio íntimo del taller, donde las cosas aún no se nombran del todo. Como decía Daniel Buren en 1971, el taller es el primer lugar donde se hace arte. Ahí ocurren los procesos más profundos, los intentos fallidos, las obras que nunca se mostrarán. Todo eso que, cuando llega al cubo blanco, a veces se pierde.
Muchas veces se parte de la obra ya montada para la producción de la crítica, pero ¿qué pasa cuando este texto nace desde el proceso, desde las preguntas del artista, desde las decisiones que se toman antes del montaje? Quizá ahí aparece una forma de escritura más honesta y menos intermediada por las exigencias del formato.

Sabemos que no hay una sola forma de aprender a escribir crítica. Que muchos lo hemos hecho desde la lectura, la observación o la experiencia. Pero también sabemos que hay caminos posibles para construir metodologías situadas, sensibles, que se alejen del juicio inmediato y se acerquen más a los afectos, a la escucha, a la historia de cada pieza. Tal vez ahí, en esa forma de estar y mirar, la crítica encuentra otra posibilidad. No como respuesta, sino como detonadora de historias.
*María Olivera. Subdirectora de Investigación del MMAC y crítica de arte.

