

A / Resplandor
Cuando el cielo y el mar eran una sola extensión de plata y fuego y la brisa de Punta Corta refrescaba la tarde, si el marinero ilustrado había bebido lo suficiente para que le creciera la memoria y no tanto que el sueño lo venciera, buscaba en la cantina un rincón más o menos apacible y a media voz recordaba el otro lado del mundo.
—Desperté en mitad de la noche —dicen que dijo una tarde— y vi por la puerta abierta una luz. Me eché encima la sábana, salí corriendo, subí los cuatro pisos y al llegar a la sala que coronaba la torre sentí que había fuego. Vi a un hombre sentado en el piso, y de él brotaba un resplandor tan intenso que perdí el conocimiento; pero antes comprendí que nadie debe ver lo que no le está destinado.
B/ Los comerciantes caritativos
A Ramón el Cojo le gustaba hacer amigos y podía contar historias que nadie más conocía. Una noche de luna y nubes en que el marinero había permanecido callado, Ramón llevó una botella de vodka a la mesa de unos turistas y, como por allí estaba Elizabeth Antúnez, el muchacho quiso sacar a cuento la historia de las otras Elizabeth.
—Hubo en San Miguel de Afuera —dijo Ramón— un hombre rico. Tenía sus tierritas, dos hoteles, la primera gasolinera, una distribuidora de tabacos, varios botes de pesca y, a pesar de todo eso, era un hombre íntegro y caritativo.

—¿Un comerciante caritativo y honesto? —lo interrumpió Marta, con la boca desdentada, y todos soltaron la carcajada, pero Ramón alzó los brazos y recuperó el silencio:
—Nadie que tocara a su puerta se iba sin recibir ayuda. Pero, como luego sucede, el tiempo lo fue acabando y lo dejó ciego. Un día el comerciante, que había ganado en memoria lo perdido en vista, recordó que tenía cuentas por cobrar y habló con su hijo:
«—Mira, m’hijo: tengo en Las Lajas un antiguo socio que me debe unos centavos. Toma esta carta para que vayas y se los cobres. Busca un montero honrado, que conozca la isla, para que te lleve.
«El hijo, que tocaba el trombón y tenía una banda, guardó su instrumento, buscó un buen guía, lo llevó con su padre, llegaron a un acuerdo, y en seguida se marcharon, con las bendiciones del viejo.
«En el camino hubo ocasiones para hacer algunas caridades, y el joven siempre supo aflojar el bolsillo o detener el paso para ayudar a quienes lo necesitaban. En Los Mangos pagó el entierro de una mujer que no tenía familia; en Agua Quieta perdió una tarde para auxiliar a unos pescadores que habían encallado; a la vista de Roca Bermeja, les dio los últimos pesos que llevaba a unos chamacos que vendían mangos.
«—No te entiendo —1e dijo el montero; ya gastaste más de lo que vas a cobrar.
«—Así me enseñó mi padre —contestó el joven. Lo que tienes no es tuyo. Lo tienes prestado y es de los demás.
«El antiguo socio del viejo los recibió con los brazos abiertos. Los hospedó en su casa, les pidió que se quedaran unos días, pagó cuanto debía, propuso nuevos negocios y los llenó de regalos.
«Una tarde, de regreso, a orillas del Río Tortugas, pasando Los Mangos, comenzó a soplar un viento huracanado que sacó del agua un gran pescado. El guía lo abrió con su cuchillo, le sacó el hígado y la hiel, y tiró el resto.
“—Ahora soy yo el que no entiende —dijo el joven. Nos lo hubiéramos comido.
“—Ése no era cualquier pescado —respondió el guía. Si sahúmas un lugar con este hígado, quedará libre de demonios. Y si untas los ojos de un ciego con su hiel, volverá a ver.
«Cuando supo que había cobrado todas las deudas y regresaba lleno de regalos, el comerciante recibió a su hijo con lágrimas de alegría y le pidió que le diera al guía tres veces lo que habían acordado; pero el montero no apareció por ningún lado.
«—Mira, m’hijo —le dijo el comerciante: de seguro no era un hombre, sino un ángel que Dios nos mandó.
“El muchacho tomó entonces la hiel, untó con ella los ojos de su padre, y éste volvió a ver.»
—¿De cuál fumaste? —Marta volvió a interrumpirlo, y Ramón tomó aliento para contestarle, pero el cantinero gesticulaba impaciente, porque había clientes sin atender, y Ramón se retiró para repartir cervezas y otras bebidas.
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua

