Ignacio Ramírez Calzada: entre la docencia, la sapiencia y la nigromancia decimonónicas.



“Su sed de saber era inmensa, y para satisfacerla se consagró […] a una lectura constante, apasionada, mortal, por espacio de ocho años consecutivos, sin concederse la menor distracción, lo cual hizo que se contara entre sus colegas, que habiendo entrado en esas bibliotecas erguido y esbelto, salió de ellas encorvado y enfermo; pero erudito y sabio, eminentemente sabio”, escribió sobre su biografiado maestro su biógrafo discípulo.

Juan Ignacio Paulino Ramírez Calzada, El Nigromante, nació en San Miguel El Grande, Guanajuato, el 22 de junio de 1818. En el bisemanario Don Simplicio habría adquirido el seudónimo que lo identificó y describió su particular naturaleza intelectual, enigmática, mística. Sabio incontrovertible y consumado liberal; crítico contumaz y apostólico educador; inasible rebelde y vehemente transgresor. Mexicano de inevitable referencia decimonónica.

Ramírez Calzada era “un joven de aspecto sombrío, de rostro prolongado, cuyo color oscuro tenía los reflejos verdosos del bronce por la infiltración biliosa, […] cuyo labio grueso se plegaba por una sonrisa burlona y sarcástica, y cuyos ojos centelleaban por unas pupilas brillantes de inteligencia y rodeadas con una esclerótica inyectada de sangre y bilis”, describió el médico, escritor e historiador queretano Hilarión Frías Soto al guanajuatense.

“Crítico de las costumbres, escritor, abogado, político, orador, periodista, parlamentario, polemista, reformador, maestro, conferencista, académico, juez, ciudadano distinguido de la República de las Letras, observador de espíritu científico, naturalista, geógrafo, historiador e indagador de las antigüedades mexicanas, filólogo, poeta, dramaturgo, ensayista”, fue Ramírez, según recuento de Liliana Weinberg en la Enciclopedia de la Literatura en México.

“Esa herencia liberal referida a la pasión de educar es, tal vez, la aportación más generosa del liberalismo mexicano y, particularmente, de dos de sus más destacados pensadores, Ignacio Ramírez e Ignacio Manuel Altamirano, maestro y discípulo, que sin duda, hoy constituye una obligación ética y moral retomar esa tarea”, escribió el constitucionalista e historiador igualteco David Cienfuegos Salgado, en el bicentenario de El Nigromante.

“Ramírez, a quien se ha llamado, con justicia, el Voltaire de México, también se concitó, como era natural, numerosos enemigos, muchos de los cuales aún viven, con sus heridas sangrando todavía, porque los dardos que lanzaba el reformador mexicano causaban heridas mortales”. Para Altamirano, Ramírez “hirió infinitas vanidades, y aun tuvo que desafiar, como Ayax, hasta a potestades que se creen divinas, y cuyo rencor se acrecienta en la derrota”.

Biografía de Ignacio Ramírez El Nigromante; Ignacio Manuel Altamirano; textos preliminares de César Camacho Quiroz y David Cienfuegos Salgado; edición conmemorativa del bicentenario de su natalicio (1818-2018); GM Espejo Imagen; Toluca; 2018; 128 pp.

Imagen: Ignacio Ramírez Calzada (fragmento).

ca. 1870. Fototeca Nacional SINAFO-INAH.

Jesús Zavaleta Castro