

A /
Dentro y fuera
Corrió la fama del marinero. De Punta Corta, de Los Mangos, de San Miguel de Adentro, de la selva que escondía los esteros de Agua Quieta venían por el río a encontrarlo. De los hoteles de El Recodo llegaban los tours al caer la tarde. Y, sin cargo extra, los turistas le sacaban fotos y grababan lo que decía —las propinas se las llevaban los guías, que lo traducían con libertad.
Una vez hubo un alboroto porque la gente desbordó la cantina y muchos quedaron en el malecón. Los ánimos se suavizaron cuando comenzó a hablar el marinero, sentado a la puerta, entre sorbitos de ron:
—Dentro y fuera —dijo con voz suave, que prodigiosamente llegaba a todos— son lo mismo. El Ser está en todo y las criaturas son parte del Ser. El Ser es conciencia, verdad y felicidad.
Un grupo de obreros llegados de Detroit, con camisetas de basquet y dificultades con el español y con el inglés, disputaron a voces sobre ese pasaje con sus mujeres, que vestían pantaloncitos cortos y no usaban brasier.

—La creación —dijo el marinero— está completa. Sufrimos porque no la aceptamos; estamos llenos de deseos; queremos ser dueños de los objetos, los seres y los destinos. Vivimos pidiendo. Queremos salud, riquezas, fama, poder; quedar libres de problemas. Y todo lo queremos para siempre, en cantidades inagotables. Queremos vivir colmados. No estamos conformes jamás. Buscamos siempre más felicidad. El remedio es llegar al silencio, dedicarse al Ser, libres de deseos.
Por el lado del estero asomaban las primeras estrellas. Los únicos que no se rieron fueron los mendigos de San Miguel de Afuera, que eran muchos, ferozmente enfermos, llagados y mutilados, y que iban por las tardes al malecón, a provocar la piedad de los turistas y a escuchar al marinero.
B/
Un vaso de ron
El regreso del marinero ilustrado tuvo consecuencias. En la cantina, más que antes, contaron historias los vecinos. En el mercado del muelle, entre los puestos de caldo largo, almeja viva, pescado frito y picadas de jaiba, las conversaciones sobre la naturaleza del Ser y el desapego se mezclaban con los albures, las bravatas y las difamaciones de todos los días, así como los perfumes del cilantro y la hojasanta se confundían con el penetrante aviso de los alimentos que salen del mar.
Fue allí donde el marinero, mientras cuchareaba un chilpachole de ostión, dijo que el Ser puede encontrarse bajo la forma de una mesa, las inmundicias del mercado o un vaso de ron. Elizabeth Antúnez Tercera, que solía dejar a un lado la canasta para escucharlo, protestó: enfurecidos, sus ojos relampaguearon.
El marinero sintió cómo ceñía el vestido el cuerpito remilgoso, le vio los hombros al aire, el temblor de las tetas, el ceño enemistado.
—Lo que pasa —le dijo— es que no sabes; no puedes ver.
Y guardó silencio para gozar la vehemencia de la joven.
—Tienes que despertar tu conciencia dijo el marinero, que ya no deseaba el chilpachole sino la cintura de Elizabeth—. Tienes que salir de la ignorancia. Tienes que limpiar tu mente de todo deseo. Sólo quien se deje tocar por el Ser sabrá que no hay principio ni fin, ni diferencia entre las criaturas.
Hubo un gran silencio lleno con los ruidos del mercado.
—Volver al cruce de caminos —dijo el marinero—, porque la luz canta con un rumor de agua, con un rumor de follaje canta el agua —la mirada puso nerviosa a Elizabeth, que volvió la canasta a la cabeza y se retiró por mitad de la calle haciendo ondular la falda que la cubría hasta los tobillos y se le ajustaba en las nalgas como si la desnudara.
—Como quien escucha y torna a escuchar un acorde que le socava el alma deseosa, contemplé yo tu hermosura a lo largo de una sumisa jornada —dijo el marinero, a media voz, sin perderla de vista.
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

