Gorda no es insulto: resistir también es existir

Carina Favela Guzmán 

Gorda es una palabra que incomoda, muchas veces usada como insulto. No es casualidad que digamos “me cae gorda” para referirnos a alguien indeseable. Hablamos de estar gorda, y no de ser gorda, porque el verbo estar, implica una condición temporal o variable, en cambio el verbo ser, es una característica más fija y esencial. Al decir estoy gorda, reconocemos que el cuerpo puede cambiar, que la gordura puede transformarse. Incluso decimos me siento gorda, para referirnos a un estado de ánimo que tiene que ver con la percepción emocional y social del cuerpo, influenciada por los juicios externos y los estándares de belleza impuestos, reforzando la idea de que es algo pasajero y modificable. 

Me parece importante recalcar que la gordura es una experiencia socialmente construida, patologizada y convertida en estigma, cruzada por otras opresiones como la violencia de género, el racismo, el capacitismo, el clasismo. También deriva en una identidad en torno al cuerpo de las mujeres gordas en un estado que se percibe como inacabada o “en tránsito” (Piñeyro, 2019) 

 

Pero para quienes decidimos nombrarnos y ser gordas, la palabra gorda no es un insulto, describe nuestro cuerpo y nos ayuda a identificarnos, es una forma de habitar el mundo en el que se nos invisibiliza, por un lado, y se nos señala y juzga por el otro. Esta discriminación, llamada gordofobia, está tan normalizada que muchas veces pasa desapercibida: está en los consultorios médicos, en las tiendas de ropa, en las sillas públicas, en las pantallas e incluso en la familia. Además, cuando se habla de erradicar la gordura, en realidad se habla de erradicar a las personas gordas. 

El discurso médico ha sido clave en la discriminación de los cuerpos gordos. A través de mediciones como el índice de masa corporal (IMC), cuestionado por su rigidez y reduccionismo, clasifica y justifica la gordura sin considerar la diversidad corporal, la genética, las condiciones de salud individuales o las condiciones sociales. Estas mediciones jerarquizan y nos reducen a cuerpos enfermos que no merecen más que reproches, dietas forzadas y exclusión del sistema de salud. 

Así, ser gorda pareciera ser una responsabilidad individual, cuando en realidad es un fenómeno complejo. Esta visión individualista ignora las condiciones sociales, económicas y culturales que atraviesan nuestros cuerpos: el acceso desigual a la salud, al transporte, a asientos públicos, la violencia estética, la discriminación laboral y médica, entre muchas otras. En vez de reconocer estas estructuras, se responsabiliza a la persona gorda por no ajustarse a un ideal corporal impuesto. Hablar de gordura es repensar quién tiene derecho al cuidado, a la visibilidad y a habitar el espacio público sin violencia. No se trata de promover un cuerpo sobre otro, sino de desmontar las ideas e instituciones que deciden quién merece respeto y quién no. 

Instituciones como el sistema de salud, la escuela, los medios de comunicación y hasta la familia operan como dispositivos de control que reproducen estereotipos, culpabilizan y vigilan nuestros cuerpos. La gordura se transforma en una identidad sancionada, un problema a erradicar. Pero, ¿qué pasa cuando decidimos dejar de luchar contra nuestro cuerpo y comenzamos a luchar contra la discriminación? 

Ahí entra la comunidad gorda, en los espacios gordopositivos encontramos una forma distinta de estar en el mundo. No se trata de glorificar la gordura, sino de habitar nuestros cuerpos con dignidad, compartir experiencias y resistir juntas. En estos espacios no se nos pide adelgazar para ser aceptadas, se nos escucha, se nos nombra, se nos ve. 

Porque ser gorda no es un insulto, es una existencia posible. Por eso para ser gorda, resistir es existir. Y existir en comunidad nos da fuerza, aunque la sociedad insista en negarnos. 

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Autorretrato 

*Antropóloga Social, artista visual y fotógrafa. Estudiante de la Maestría en Imagen, Arte Cultura y Sociedad en la Facultad de Diseño/UAEM 

 

La Jornada Morelos