A / No te duermas

Antes de que recojan las bandejas me guardo todo lo que me gusta: los cubiertos de plástico, los sobres de azúcar, de crema y de sal. Papá gruñe cuando le pido su mantequilla, pero mamá, que va en medio, me pasa el cuerno que no se comió. Luego se llevan todo con un ruido como de fiesta y cada quien levanta la mesita que lleva enfrente. Mamá sujeta la mía, porque yo no puedo prenderla en el respaldo de la muchacha que va adelante. Si quiero asomarme por la ventana veo mi cara, desvelada, con los ojos bien abiertos porque no debo dormir.

—Duérmete —dice mamá y bosteza—. Échate un sueñito. Así el tiempo pasa más aprisa.

Hay una agitación de frazadas, de gente que se acomoda en los asientos, reclina los respaldos, apoya la cabeza en cojines o contra los compañeros. Luego todo queda a oscuras. La ventana es un hueco que ya no refleja ni deja ver nada.

Si me inclino hacia la izquierda, un poco sobre el brazo de mamá, y miro entre los respaldos de enfrente, veo allá adelante unos conos luminosos que bajan del. techo. Quiero encender el mío, pero mamá me detiene.

—Vas a despertar a la gente. Ya duérmete.

Si me inclino hacia la derecha veo, recargada en la ventana de la fila que sigue, la cabeza de la muchacha. Puedo oírla respirar como respiran los que duermen. Puedo oír también el ruido de los motores. Más que un ruido es como un temblor que me deja sordo. Las voces suenan como si vinieran de más lejos, de otro lugar, de otro día. Cierro los ojos y me doblo hacia la ventana, como si durmiera, con los puños apretados.

Luego papá, que va en el pasillo, comienza a roncar. Mamá lo mueve un poco, pero después se olvida y se acomoda, sube las piernas al asiento, recarga la cabeza en el hombro de papá. Abro los ojos. Veo en la penumbra los bultos de los respaldos. Tengo sueño pero sé que no debo dormir. Me arrodillo en el asiento y vuelvo la vista hacia atrás. La quietud me asusta. Me pongo de puntas y miro hacia el frente. Todos duermen, unos sobre otros, doblados, torcidos como muñecos.

Dios mío —pienso con horror—, Dios mío —me digo mientras abro desesperado los ojos para que no vayan a cerrarse—; si yo también me duermo, ¿quién va a sostener el avión?

B/ Nocturno

—Hace tanto tiempo —me dijo al oído, jadeante todavía, y se acodó a mi lado, desnuda como el viento.

Sombras sobre sombras; una línea de luz en las caderas. Sus ojos brillaban en secreto. Comencé a besarle las axilas; bajé a mordiscos por el perfil de luna; me detuve en las corvas; la escuché suspirar.

—Sígueme soñando —le supliqué— No vayas a despertar.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido