Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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No guardes

Un hombre que había acumulado una inmensa fortuna robando a los demás, como se hacen las fortunas, se hallaba contando las monedas que guardaba en sus cámaras privadas, mientras mentalmente iba haciendo una lista de sus propiedades. Un fastidio, una joda, porque siempre perdía la cuenta. “En verdad —se dijo— tengo un caudal que muchos juzgan digno de aprecio; no conozco los límites que tiene esta casa, que se encuentra lejos de ser la mayor de mis mansiones; me acompaña la mujer que esta tarde apetezco; mis hijos se preparan para sucederme… Mucho he trabajado —así llamaba a sus embustes, sus abusos, sus tropelías— y mucho es lo que he acumulado, mucho lo que tengo aquí para gozar…”

En eso estaba cuando llegó como una sombra el arcángel de la muerte: “Ha acabado tu tiempo” dijo sin abrir los labios y el hombre cayó de rodillas y se tiró de los cabellos y profirió un gemido: “No es justo, mucho he trabajado, deja que me complazca un poco en las migajas que tengo, deja que un rato pueda retozar con mis joyas, deja que… ¡Mira!, si demoras hasta el crepúsculo mi partida te doy un tercio, no, más, la mitad de todo lo que…

“¡Insensato!”, retumbó el palacio. “¡Miserable! Conmigo no hay tratos. Escribe aquí lo que …” Y le tendió un pedazo de papel. “No guardes lo que…” alcanzó el… (De las historias de San Barlaán para el príncipe Josafat,)

B/

Marina

Marina sonríe. Le veo los labios; acaba de pintárselos. Viene por la playa con las narices fruncidas por el sol; con el bikini floreado, naranja y amarillo, que el resplandor de la arena le borra. Se detiene a unos pasos. Se vuelve hacia el mar con las manos sobre las cejas, como si buscara algo en el fondo del día.

Intento saludarla sin salir de la palapa, sin levantarme de la silla, sin apartar la vista de los vellos que le asoman a los lados de las flores. Marina no me responde. Da unos pasos como si se marchara y regresa enseguida, de nuevo sonriente, sin decir palabra. Cruza los brazos por detrás de la nuca y entrega las axilas al sol.

El ombligo de Marina parece el ojo de una cerradura, así que me pongo de pie y salgo de la sombra para buscarla. Siento la arena caliente, aspiro el sudor del día, oigo los tumbos, veo a Marina con su mirada azul.

—Ten cuidado —dice y sonríe, frunce la nariz y los labios—; soy menos que espuma —y se vuelve de plata mientras regresa al mar.

Felipe Garrido