

Eskrivir komo se pronunzia
Deseosa de contribuir a la NEM, doña KonΨis Ijar del Oio –así escribía ella su nombre, sin perdonar nunca el doña, aunque fuera aún bien joven– decidió iniciar a sus alumnos –a los de Fondeadero, y a los que tenía en las playas– en lo que ella llamaba el español de oi en dia y, en seguida, con entusiasmo y con voz más alta, el español de mañana… ¡el español del futuro!
Como siempre, llegó a la palapa antes que las chamacas y los chamacos y que el viejo aquel que nunca hacía las tareas, pero que se ponía corbata para ir a clases y era el más atento de todos –ese grupo era multigrado y estaba lejos, por allá, más allá de Las Rayas–.
Alegre y enjundiosa la maestra borró enérgicamente el pizarrón y en seguida procedió a escribir con su mejor letra y en un tamaño que permitiera leer desde el fondo del aula:
Eskrivamos pura i limpiamente. Komo se pronunzia, konforme a la diΨa rregla, ke se a de eskrivir komo se pronunzia, i pronunziar komo se eskrive.
Se preguntó qué le diría el inspector aquel que de vez en cuando –más y más a menudo– cruzaba el estrecho en el vapor para pasar en la isla dos o tres o más días, los que le hicieran falta,

A ella le gustaban las novedades, y al señor aquel ponerle peros, darle guerra, a veces al grado de casi molestarla. Ya se imaginaba ella… Así que entró a Google… allí lo había encontrado: Gonzalo Korreas Íñigo: humanista, helenista, gramático, lexicógrafo, paremiólogo, ortógrafo nacido en Jaraíz de la Vera, en la provincia de Cáceres, en la España de fines del siglo XVI. Las fotos mostraban un villorrio entre montañas, con casas de piedra y algunos edificios señoriales.
Según decía en la pantalla, Korreas había sido un destacado impulsor de una reforma fonetista a la ortografía del español. Hasta entonces se había impuesto un criterio etimologista: la historia de las palabras decidía cómo había que escribirlas.
“¡Una aberración!”, decía doña KonΨis frente al espejo, y lo repetía una y otra vez, más y más y más arrebatada, más y más y más encendidas las mejillas y más fulgurantes, más y más y más verdes los ojos. Lo que procedía, le decía al espejo mientras iba recuperando el aliento, lo correcto, lo que debía ser era seguir un criterio ya no etimologista, sino fonetista… ya no basado en la etimología que tuvieran las palabras sino en su pronunciación: “eskrivir komo se pronunzia, i pronunziar komo se eskrive”.
Y ya casi serena se retiraba del espejo, no sin antes poner en orden alguno de sus rizos, con los que la brisa solía juguetear.
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

