

Petrobroncínea posdata al breve anecdotario del nomadismo estatuario morelense
“La razón de la sinrazón” ‒1937‒, fue la causa de la destrucción de la Fuente Beatriz, construida bajo los auspicios del ingeniero, administrador e historiador Felipe Ruiz de Velasco y Leyva, e inaugurada el 1 de enero de 1897 en la Plaza Principal de Jojutla. Y “la razón de la sinrazón”, desde la ostensible ignorancia, la pérdida de identidad y la estupidez humana, ha continuado siendo la causa de la destrucción del patrimonio cultural morelense.
Cuando se propuso que el Centro Histórico de Cuautla fuese declarado Zona de Monumentos, resultó que sólo pudieron ser identificados 19 inmuebles antiguos, que no eran suficientes para un reconocimiento de esa naturaleza. Por ello se justificó la declaratoria en función de la traza urbana descrita por el cronista del Sitio de Cuautla, Felipe Benicio Montero. Algunos de sus promotores habían sido activos y omisos destructores del patrimonio cuautlense.
“Por cierto, ¿por qué tanto interés en la estatua de Pacheco?”, me preguntó el gobernador. “La estatua de Carlos Pacheco es la pieza más escultórica más hermosa que hay en el estado de Morelos, además de que el personaje fue uno de los héroes de la Batalla del 2 de Abril de 1867”, le respondí. Los últimos meses habían sido de una intensa campaña mediática que buscaba reubicar representación del tercer gobernador morelense ‒segundo constitucional‒.
En ese proceso, el director del Centro INAH en Morelos, Víctor Hugo Valencia Valera, sostuvo técnicamente la permanencia de la estatua en su lugar original desde 1895. Como encargado del área de patrimonio cultural del gobierno estatal, enfrenté críticas de propios y extraños sobre mi pública oposición a la reubicación. “Te van a despedir”, me dijeron varias personas. Y Pacheco Villalobos resistía, desde su pedestal, los embates de la ignorancia.
En cierta ocasión fui convocado a un debate radiofónico en el cual también participaron un cronista cuernavacense y un escultor guadalajareño. El cronista, mesurado, optó por el análisis objetivo. El escultor, desbordado, amenazó con pedir la destitución tanto mía como del representante del INAH. Ante sus gritos respondí argumentando técnicamente y con dejos de sarcasmo. El escultor confesaría pretender instalar una pieza suya en el sitio en disputa.

Dos servidores públicos me pidieron una reunión en un restaurante del Centro Histórico cuernavacense. El objetivo: intentar “convencerme” de aceptar la reubicación de la escultura. Tras los obligados elogios en casos de “negociación”, la oferta: “apoyo” para la realización de mis proyectos. Sonriendo les agradecí el amable gesto, advirtiendo que nada cambiaría mi decisión. Y Pacheco, como El Cid Campeador, ganó una batalla más después de su muerte.
Historia y evoluciones del cultivo de la caña y de la industria azucarera en México hasta el año de 1910; Felipe Ruiz de Velasco; primera edición; Editorial Cvltvra; México; 1937; 546 pp.

Imagen: Vista panorámica de Cuernavaca. Estatua de Carlos Pacheco Villalobos
(fragmento); Cuernavaca, Morelos; ca. 1900. Archivo Jesús Zavaleta Castro.

