Enamorada del dulce amor

Lander Sierra*

Siete de la mañana. Sale el primer camión hacia el sur, eso indica que es momento de irme a dormir. Sin embargo, ella llega cuando la última ruta pasa por las arterias del centro de Cuernavaca, aquella a quien llamo con gusto amiga, comadre, hermana, cómplice: La Potra, nuestra protagonista. Entregada, arrojada y mujer por nacimiento; tal como lo enuncia, “lo que Dios no te dio, te lo pones tú”. Transexual y trabajadora sexual que transita por la calle Galeana, Hidalgo y la avenida Morelos. El sonido de las tapas de sus tacones acompaña el compás nocturno de su figura. Asegurando siempre que el frío es mental y que no hay maldad que madrugue tan temprano, camina segura, altiva, en busca de un cliente a quien atender para juntar lo de su noche. Cerca de que su jornada acabe, pasa por un encargo que tiene pendiente: unas tortas que saben a gloria cuando el hambre invade, y unos jugos que reponen la azúcar diluida en las venas. Aquellos sin hogar, que duermen unos encima de otros, entre escaleras y esquinas que cubren del frío y protegen de la denuncia ciudadana, son sus amigos, su gente. Cada amanecer, ella pone el desayuno en sus pechos y, en su imaginación, les da un beso en la frente, los cobija, les dice algunas palabras, los encomienda a San Juditas y la Virgen de Guadalupe. Tuvo una juventud complicada: la echaron de su casa cuando se dieron cuenta que ella misma se veía como mujer; terminó viviendo en las calles, hasta que encontró el amor, ese afecto amelado que se comparte, como se comparten las agujas y los solventes. Le llamaban El Muecas, como aquellas dulces golosinas. Su primera atracción física fueron sus venas, porque las tenía “azulitas y bien finitas”. Eran felices entre la química siniestra que los encerraba en la fantasía y el dolor. Pero el final llegó antes; una mañana, cuando aún el primer camión no salía, El Muecas ya no despertó. La Potra buscó ayuda, llamó a la policía, observó cómo su amor era llevado a la SEMEFO, e intentó después pedir su cuerpo para enterrarlo, pero no le hicieron caso, lo llevaron a cualquier fosa común en cualquier cementerio. La Potra se quedó sin saber dónde ir a llorar. Ahora lleva siempre un dulce que le recuerda al hombre que amó. Cada uno de sus amigos en las calles le recuerdan al Muecas, puedo verlo en ellos. Por eso los procura y los quiere. Allí termina mi analepsis. Fumo mi último cigarro. La Potra vuelve a su cuarto de vecindad antes que la misa empiece, y entre mis silencios austeros deseo que un día mi amor signifique tanto para alguien, como el que todavía le tiene La Potra a El Muecas.

*Laboratorio de Contra/Narrativas, CIIHu-UAEM

La Jornada Morelos