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“No voy a poder llegar hoy Vanessa, lo siento. Ya sabes: el tráfico, los baches, las obras…” Vanessa bostezó visualizando el video mensaje de Josué actuando con el mismo poder de convencimiento que un actor de telenovela después de repetir diez veces la misma toma. Dejó el video en pausa y se terminó de alistar para salir a trabajar, no sin echar pestes en contra de su pareja, quien poseía el don especial de dejarla plantada reiteradamente a última hora. Tomó su saco y bolsa atiborrada de cuadernos, libros, lunch, termo y algunos otros artículos personales. La puerta rechinó por el azotón recibido y sus dos perros se la quedaron mirando curiosos, casi a punto de hablar para reprocharle a su dueña su enorme ingenuidad en torno a su relación con Josué. Además, este señor ni nos hace caso cuando viene. Ni hueso ni caricias. No sabe tratar a los caninos.

Vanessa corrió detrás del camión de las nueve agitando la mano para solicitar la parada. El vehículo transportaba más gente de pie que sentada en los asientos indemnes – varios se encontraban descompuestos, pero el asunto no tenía la menor importancia puesto que Vanessa tenía que permanecer de pie y en equilibrio durante el trayecto.

¡Ay, buey! El chofer de camisa blanca de planchado irreprochable arrancó con las puertas abiertas y dos pasajeros subiendo los escalones.

Después de un trayecto en línea recta y muchos frenazos que amenazaban la integridad de los pasajeros, la unidad emprendió un paseo improvisado por la zona boscosa de la ciudad, trayecto interrumpido por otra desviación debida a la presencia de una grúa operando afuera de una casa.

En la parte reservada para los peatones pero que no podía llevar el nombre de banqueta, un chico flaco anonimizado con su cubrebocas negro extrajo un trozo gigante de chicharrón para escurrir la grasa en el momento preciso en que el camión le propinó su dosis de humo gris. Vanessa intentaba no caerse, ayudada en eso con los pasajeros pegados a ella. Recordó que Josué nunca le ofrecía acompañarla para evitar tantos inconvenientes. Él circulaba en un flamante coche rojo adquirido unos meses antes. Los pasajeros se persignaron a través del vidrio roto al pasar por la iglesia del pueblo, mientras el chofer subía el sonido de su playlist después de varios ¡Ay, buey! dirigidos a motociclistas zigzagueando por las calles. Vanessa bajó mareada del transporte dejándose llevar por el flujo humano que caminaba hacía el mismo destino laboral. En su mente todavía retumbaban los ¡Ay, buey! y partes de reguetón. Arriba, formando circunvoluciones, el helicóptero del amor – no, disculpen el anacronismo, este era de vigilancia.

Durante sus horas laborales, Vanessa no recibió noticias respecto de los percances, sino rumores entre dos fuegos según las fuentes: un coche incendiado, un tiroteo madrugador y una puerta de acceso en reparación. Dedicó su día a resolver asuntos diversos asuntos administrativos.

De regreso por la noche – en taxi- Vanessa terminó de ver el final de la serie El Manifiesto y justo antes de dormir el video de Josué: “llego mañana tempranito por ti y nos vamos de fin de semana a la playa para olvidarnos del tráfico, de los baches y de las obras. Nada más confírmame antes de mediodía para comprar los boletos de avión”.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX