Esquina Soto y Gama

Abdi Yadah Loranca García*

Se escucharon cerca y muy fuerte; primero una ráfaga y luego otra, desde la esquina de la calle Jesús Soto y Gama, con la avenida Otilio Montaño, hasta la calle paralela, Felipe Neri. Una nota en un periódico local al día siguiente señala un enfrentamiento entre grupos criminales. Una narrativa muy habitual. Asegura, además, que un hombre perdió la vida y dos más resultaron heridos. Los testimonios de los colonos declararon más de 30 detonaciones. Yo no me puse a contarlos allí mismo. Junto a mis hermanos, estaba en la otra esquina de la casa, la que no colinda con la avenida. La barda perimetral seguía en construcción en ese entonces y nos sentimos expuestos. Nos agachamos y corrimos en cuclillas buscando un lugar más seguro, aunque a medida que nos acercamos a las habitaciones el sonido era más estridente y ahora se acompañaba por un ligero repiqueteo metálico entre cada tiro. No nos dimos cuenta de que nos acercábamos a la zona de fuego. Cuando cesaron las balas, solo quedó el silencio. El miedo había consumido cada hogar. Las luces de los cuartos se habían apagado. Un par de minutos y regresaron las pisadas; la gente que aún quedaba afuera huía desesperada buscando un lugar seguro. Pero entre los pasos que se iban, un par más se acercaba con mayor vigor. Parecía que traían consigo una determinación, la de encontrar un hijo a salvo. Lo más violento viene a continuación: el grito de una abuela y de una madre lamentándose. El dolor invadió las calles, con un sonido aún más fuerte que el del ataque armado. Mi madre lloraba desde dentro de casa y nos rogaba que la dejásemos salir. Quería estar con esas mujeres. Una eternidad después arribó el personal de la Fiscalía de Morelos. Alejaron a la familia de la escena, acordonaron el lugar y permanecieron ahí hasta muy entrada la madrugada. No emitieron ningún boletín. Por la mañana descubrimos el portón de la casa agujerado. En el piso, solo quedaron las típicas marcas de la escena del crimen hechas por la gente de la Fiscalía. Semanas más tarde mi padre lavó la entrada y reparó la puerta. La filósofa norteamericana, Judith Butler sostiene que ciertas vidas no son lloradas, que no cuentan como víctimas ni como pérdidas, porque en principio estas vidas ni siquiera eran contadas como tales, ningún marco ni jurídico ni ético los protege, los cobija. La vida de esos «anónimos» es invisible, es incontable. Así como a la Fiscalía no le pareció relevante dar un reporte detallado de lo ocurrido, para la prensa daba igual publicar otra nota roja, con información inconclusa y sin indignación. Sin embargo, la memoria queda, como las marcas de bala en la pared. El 4 de agosto del 2022 alrededor de las once de la noche un joven perdió la vida durante una balacera en la colonia Plan de Ayala de la ciudad de Cuernavaca.

*Laboratorio de Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Foto: Cortesía del autor

La Jornada Morelos