Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Donde van a morir los elefantes

B.Z.

“El Paraíso está aquí; siempre y cuando uno sepa cómo armar los fragmentos.”

-José Donoso

Jerry tiene cáncer terminal y el Seguro Social lo desahució hace un par de semanas. Lo último que le quedan son tratamientos paliativos para contrarrestar el dolor. Lleva la mitad de su vida entrando y saliendo de anexos. Logró permanecer quince años limpio y hace un par recayó. Se mantiene así por miedo, me dice, mientras le da un sorbo a su taza de té. No mide más de un metro setenta, su piel morena se ha vuelto verdosa por las quimios. Le están dando permiso de quedarse en el anexo de ********** en lo que de verdad se muere, dice él, y su sonrisa cansada aún tiene destellos del carácter irónico y festivo que lo distingue como uno de los miembros más emblemáticos en la comunidad de AA. La familia de Jerry también lo desahució. Su exmujer y su hija se desentendieron de él desde hace varios meses. Si no fuera por el anexo probablemente viviría en situación de calle. El caso de Jerry no es un caso aislado. Sé de muy buenas fuentes que en otros anexos y clínicas de la ciudad personas de la tercera edad, pacientes psiquiátricos o, como en el caso de Jerry, personas con enfermedades crónicas o terminales son enviados por sus familiares –en el mejor de los casos– a anexos porque sale más barato tenerlos cautivos ahí que enviarlos a otro tipo de instituciones (casas de retiro, hospitales, clínicas especializadas). También es común ver personas con “trastornos” mentales compartir espacios con los internos. En más de una ocasión, en los últimos diez o quince años, ha habido suicidios de personas con esquizofrenia que estaban encerradas en anexos. Aún con todo lo anterior sigue siendo difícil establecer medidas sanitarias y de precaución para recibir –o no– a estas personas en espacios que originalmente fueron diseñados para adictos. Cuando le platico a Jerry sobre esta situación, me dice genuinamente que eso sí le da miedo. Si clausuran el anexo, ¿a dónde me voy a ir a morir?, me dice angustiado. La entrevista termina en un tono más bien festivo, charlando sobre viejos tiempos, hablando sobre otros adictos que han muerto en sobriedad. Poca gente sabe que el ambiente en los grupos de AA tiende a ser hostil pero también empático. Contradictorio pero cierto. Antes de despedirme de Jerry me pide que el día de su funeral le compre una corona de flores blancas que diga “Recuerdo de tus amigos los insensatos”. Lo abrazo con cuidado –ahora está más delgado que nunca– y le prometo que así será. Nos despedimos en la entrada del anexo. Estoy seguro de que es la última vez que voy a hablar con él.

Fotografía cortesía del autor.

La Jornada Morelos