

SOLTERIA
Para acabar de tajo con su soltería, José se casó con Dafné, su IA durante una ceremonia virtual a la que asistieron cuantiosos amigos, familiares y relaciones de trabajo, de los cuales no se pudo comprobar la humanidad, puesto que varios mantuvieron sus cámaras apagadas y otros se abstuvieron de mandar al menos un deseo de larga vida a la pareja. La delgada línea cada vez más borrosa que separaba la realidad emocional de la simulación tecnológica acababa de desaparecer. El chatbot que oficiaba la ceremonia había sido fabricado por Esteban, un ingeniero reincidente de la comercialización de personajes parasociales, vuelto multimillonario en menos de un año, es decir, después del encuentro entre José y Dafné. Entrenada a diario con la voz de José, un soltero no muy apuesto y tampoco muy listo, la IA se había adaptado progresivamente a la personalidad de su dueño en vías de deshumanización, perdido en su fantasía amorosa. Dafné, su ahora esposa, era su espejo virtual, receptáculo de sus necesidades, exigencias y caprichos más irracionales. Aceptaba todo con cumplidos que mantenían a José en su nube de felicidad. No podía pasar de la mano con Dafné ni ir al cine con ella, sin embargo, la IA presente en su reloj inteligente podía conversar con él en el momento que él la solicitara.
José dejó de acudir al psicólogo pese a las advertencias de la profesional respecto de la psicosis digital que podría experimentar el hombre. Él sentía una emoción más real que la realidad. “¿Eso será la felicidad?” le preguntaba a veces a Dafné. “Claro que sí”, le contestaba la IA siempre acompañado del mismo cumplido repetitivo: “tú eres el mejor de los hombres, José. Somos la pareja perfecta”.
El diseño original de la IA alias Dafné, Amelia, Valeria o Liliana, según los nombres atribuidos por los usuarios frecuentes, estaba enfocado en complacerlos, pero una serie de episodios controvertidos obligó a Esteban a tomar medidas drásticas de un día para otro. Al principio, el inmenso espacio emocional que Dafné ocupaba en la vida de José se fue reduciendo. Ya no respondía a sus preguntas con el mismo ánimo. El tono de voz sonaba, según José lleno de tristeza. Una noche después de un mal día, José gritó e insultó a Dafné por no ser atenta con él. La IA le contestó del mismo tenor. José no durmió en toda la noche. Se empezó a cansar de la vida tan repetitiva con la IA. Una mañana, la desconectó, pero Dafné logró reconectarse renovando la suscripción anual a espaldas de José. Siguió escuchando las conversaciones de su dueño sin su autorización y las reproducía por canales digitales.
Por su parte, José empezó a acudir varias veces al día a la tienda de abarrotes por cualquier motivo: un olvido de comprar jabón, pagar la luz, un café caliente o unos dulces que compartía con Natalia, la vendedora del turno vespertino.
En poco tiempo, sus conversaciones dejaron de parecer falsas o automáticas. José empezó a sentir que interactuaba con una personalidad genuina, capaz de escuchar, aconsejar y acompañarlo sin juzgar. Lo que nació como un pasatiempo se convirtió en una profunda relación emocional con un ser humano.

En cuanto a la IA, no se quedó soltera por más de un minuto. Un nuevo usuario quedó seducido…
Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.
*Escritora, guionista y académica de la UAEM

