

La casa del fuego
Laura Jazmín Miravete Inurreta*
El Tacaná es el volcán más grande de Chiapas, perteneciente a la región del Soconusco. Su nombre lo recibe del mam, una lengua mayense, y significa La casa del fuego. La silueta de este volcán tras la bruma mañanera conformó parte del paisaje de mis quince años en Tapachula. Luego, me fui a Puebla pensando que era más fácil entrar a una universidad del centro si me iba desde la prepa. Cuando uno deja su lugar de nacimiento le toca redescubrirse y ello se vive principalmente en las palabras, las de uso cotidiano, que nombraban cosas tan simples como comida o que hacen referencia a leyendas populares: chucho, cadejo, bolo, cocha enfrenada, coche, colocho, carnear, ronrón, pozol (pozol y no pozole); expresiones como ¡Ish!. Una ocasión que salí con mis amigos les dije “ahí viene un chucho”, y ellos pusieron cara de no entender, y yo sólo me refería a un perro; el cadejo, un ser que forma parte de las leyendas de Chiapas, es un perro negro de carácter maligno que vaga por las noches y se les aparece en especial a los bolos (borrachos), y si les lame los labios es la marca de que morirán; la cocha enfrenada, otra leyenda, es una mujer que se transforma en cocha, la hembra del coche (cerdo), y ataca personas en la noche; “¡Qué bonita colocha, qué lindos colochos!” esa frase puede escucharse al momento de hacer referencia a alguien de cabello rizado; al encuentro entre dos personas que comienzan a elevar la temperatura entre las primeras caricias, besos y uno que otro chupetón, mientras se amasan las carnes sin llegar al acto sexual o desvestirse, se le dice carnear, una palabra que de entrada parece poética; ronrón es el insecto que llaman escarabajo o mayate; el pozol es una bebida a base de maíz y cacao (pozolli, de origen náhuatl); y por último el ¡Ish!, sonido que, aunque despectivo, suena un poco cómico. Ahora uso menos estas palabras. Ya con algo de tiempo viviendo en Puebla, un amigo me preguntó que qué lengua hablaba yo, porque él tenía un amigo de Chiapas que hablaba tsoltsil. Quien miró extrañada esta vez fui yo, pues que no soy hablante de lengua originaria. En Tapachula se habla mam, zapoteco, mixteco, tseltal, k’che’, tsotsil, ch’ol, mixe y maya; y pese a la diversidad lingüística, según el censo de vivienda 2020, la población indígena de Tapachula sólo representa el 0.62%. En mis nueve años de escolaridad en Chiapas no tuve a un solo compañero que hablara una lengua indígena. En cambio, recuerdo a una compañera de Panamá y otra de Honduras. Mi tierra es el paso entre México y Centroamérica: muchos pasan por ella, algunos son aislados en las zonas altas del municipio, y otros, como yo, se van.
*Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Fotografía cortesía de la autora

