Ahora que sobre el arroz jojutlense pesa la amenaza de su posible extinción, recordé que yo, desde niño, escuché al tío Lindo Hermoso (Herlindo Camacho Hermosa) hablar de Ricardo Sánchez, el jalisciense que por primera vez cultivó arroz en Jojutla allá en el lejano año de 1836.

Lindo Hermoso impuso una marca que nadie, jamás, podrá romper: rindió tributo por largos meses, tres veces al día, mañana, tarde y noche a don Ricardo Sánchez. Lo homenajeó a pleno sol o en medio de tormentas. Se plantaba en posición de firmes frente a su busto. Su borracha perorata tenía hilo, la aderezaba con agradecidos ademanes y complacientes gesticulaciones. Nunca omitió mencionar la medalla que en la Exposición Universal París de 1900 le dieron al señor Alberto Gómez por producir el mejor arroz del mundo en 150 hectáreas de su propiedad. Describía el premio como si lo tuviera en la mano, se lo mostraba a don Ricardo.

Lindo Hermoso daba de don Ricardo Sánchez datos precisos y certeros, incluso, con enfático golpeteo de manos declaraba tener los pelos de la burra en la mano. Por ejemplo, mencionaba que don Ricardo llegó a Jojutla en 1831, que hablaba francés, latín y mexicano. Que primero, en 1836, echó semilla de arroz morado en los campos de El Pochote que no dio buenos resultados y que al año siguiente en los campos de El Jagüey sembró arroz blanco de Veracruz, el que rindió de maravilla y con el tiempo resultó el mejor arroz del mundo. También mencionaba que 1847 los jojutlenses agradecidos reconocieron a don Ricardo eligiéndolo primer presidente municipal.

­–¿Cómo es que sabe tanto de Ricardo Sánchez y del arroz, si usted ni siquiera terminó la primaria? –pregunté en una ocasión a Lindo Hermoso.

–Lo aprendí de un agrónomo del campo experimental de Zacatepec –respondió.

Regresemos al tributo: el primero lo celebró vistiendo su reluciente y fino traje charro incluido sombrero y espuelas. Al paso de los meses el traje se fue deshilachando. Él seguía puntual a su cívica cita con el gran benefactor. Lo hizo por tanto tiempo que del reluciente traje charro solo quedó el raído chaleco, sin camisa. Concluido cada homenaje a don Ricardo, regresaba a casa, hablando sin parar de los beneficios de que gozamos los jojutlenses gracias a don Ricardo.

Un hombre con un jardín de flores

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Imagen cortesía del autor

Julián Vences